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Cultura y conciencia

Marzo de mujer: de Anacaona a Ada Balcácer, las dominicanas que han marcado la historia, la cultura y la conciencia del país

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Por Emmanuel Espinal y Nelson Santana
13 de marzo de 2026

  • El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, no nació como gesto simbólico, sino como resultado de luchas obreras, políticas y sociales por igualdad y dignidad.

  • En República Dominicana, marzo también debe servir para mirar nuestra propia historia y reconocer a las mujeres que ayudaron a fundar, defender, educar y transformar el país.

  • ESENDOM dedica este mes a perfilar figuras femeninas históricas y contemporáneas, desde Anacaona y María Trinidad Sánchez hasta Ada Balcácer, Angelita Curiel y Emely Peguero.

  • Más que repetir consignas, este mes exige memoria activa: valorar legados, aprender de sus trayectorias y defender el derecho de las mujeres a ser recordadas con justicia y profundidad.

  • La historia dominicana no se entiende de verdad si se sigue contando como si las mujeres hubieran sido figuras secundarias.

Cada 8 de marzo el mundo conmemora el Día Internacional de la Mujer, una fecha nacida de las luchas por el trabajo digno, el derecho al voto, la participación pública y la igualdad. Con el paso del tiempo, la conmemoración se amplió y se convirtió también en una oportunidad para reconocer aportes históricos, cuestionar injusticias y revisar qué nombres han sido exaltados y cuáles han sido minimizados, borrados o tratados con superficialidad.

En el caso dominicano, marzo debe asumirse como algo más que un mes de homenajes florales y mensajes previsibles. Debe ser una temporada de memoria seria. Porque la historia nacional, la cultura popular, la educación, el arte, la resistencia política y la conciencia social dominicana han sido moldeadas por mujeres de enorme peso histórico. Algunas figuran en los libros; otras viven más en la memoria oral, en la emoción popular o en reclamos todavía abiertos. Todas ayudan a explicar quiénes somos.

La línea de tiempo femenina de este país empieza mucho antes de la República. Anacaona, cacica, poeta y figura central del mundo taíno, sigue siendo uno de los nombres fundacionales de la dignidad antillana. Su figura no solo remite al trauma colonial: también remite al liderazgo, a la inteligencia política y a la capacidad de representar culturalmente a un pueblo. Anacaona es memoria originaria, pero también símbolo vivo de una mujer que encarnó autoridad, arte y sentido de comunidad.

Ya en la historia republicana, María Trinidad Sánchez ocupa un lugar que el país debería defender con más firmeza. Su nombre suele mencionarse con solemnidad, pero no siempre con suficiente claridad sobre lo que significó: participación activa en el proyecto independentista, valentía política y compromiso absoluto con la causa nacional. No fue una figura decorativa de la independencia, sino una protagonista. En ella, la patria dejó claro desde temprano que también fue cosida, protegida y afirmada por manos de mujer.

Ese hilo continúa en el siglo XX con mujeres que hoy forman parte del ADN moral del país. Patria, Minerva y María Teresa Mirabal no necesitan presentación, pero sí lectura profunda. Las Hermanas Mirabal no son solo un símbolo contra la tiranía ni solo un emblema internacional contra la violencia hacia las mujeres. También representan inteligencia, disciplina, formación, convicción ética y vocación de servicio. Su lugar en la historia dominicana no debe reducirse al martirio; debe incluir el poder de sus ideas, su conciencia política y su capacidad de inspirar generaciones.

En otro registro, pero con igual peso, está Mamá Tingó, figura esencial para entender la dignidad campesina dominicana. Su nombre resume la defensa de la tierra, de la comunidad y del derecho de los pobres a no ser expulsados de su propio espacio. Hablar de Mamá Tingó en marzo es reconocer que las mujeres dominicanas no solo han incidido en salones ilustrados o escenarios oficiales: también han levantado país desde el conuco, desde la organización rural y desde la lucha concreta por la supervivencia colectiva.

A ese mapa de mujeres imprescindibles se suma Andrea Evangelina Rodríguez, pionera de la medicina dominicana y reformadora social. Fue una mujer adelantada a su tiempo: médica, salubrista, defensora del bienestar materno-infantil y ejemplo de vocación pública. Su figura demuestra que la modernización del país tampoco puede narrarse solo en masculino. Hubo mujeres pensando salud, educación, bienestar y progreso cuando todavía el espacio público les cerraba puertas.

Y si el país quiere hablar de identidad cultural con seriedad, entonces tiene que detenerse en Ada Balcácer. Su fallecimiento a finales de 2025 dejó claro que no se había ido solo una artista, sino una de las grandes arquitectas del lenguaje visual dominicano. Ada convirtió la luz caribeña, el mito, la raíz afroantillana y el imaginario popular en obra mayor. No fue solo pintora: fue maestra, formadora, referencia de disciplina creativa y prueba de que el arte dominicano más profundo no surge de copiar centros ajenos, sino de entender la potencia del Caribe. Ada Balcácer construyó escuela. Y eso, en un país que a veces celebra sin preservar, vale oro.

También merece una lectura más justa Angelita Curiel, «La Mulatona», figura de la televisión popular dominicana de los años 80 y 90. Su muerte reabrió una pregunta incómoda pero necesaria: cómo recuerda el país a las mujeres del entretenimiento sin reducirlas a caricatura. La Mulatona fue vedette, sí, pero también actriz, comediante, guionista y presencia con oficio en una televisión que marcó época. Representó una forma de carisma popular que conectó con el público y ayudó a construir el lenguaje de la cultura de masas dominicana. Recordarla con dignidad implica entender que el entretenimiento también produce memoria, identidad y archivo cultural.

Y cuando se pasa del legado artístico y político a la conciencia social contemporánea, el nombre de Emely Peguero sigue interpelando al país. Su historia conmovió a la sociedad dominicana no solo por la edad que tenía ni por la magnitud de la indignación pública, sino porque se convirtió en un símbolo doloroso de vulnerabilidad, de juventud interrumpida y de la urgencia de protección real para las adolescentes y mujeres. Emely no pertenece únicamente al archivo del horror nacional; pertenece también al archivo de la conciencia. Su nombre obligó al país a mirarse en el espejo y preguntarse qué falló, qué sigue fallando y qué tipo de sociedad se está construyendo cuando una joven despierta tanta ternura en la memoria colectiva y tan poca seguridad en vida.

En esa misma memoria contemporánea aparecen también nombres como Lucrecia Pérez, dominicana cuya muerte en España se convirtió en un punto de inflexión frente al racismo y la xenofobia; Yocairi Amarante, convertida en referencia de resiliencia y de exigencia de justicia; Esperancita, cuyo caso sigue abriendo debates sobre salud, derechos y humanidad; y Sagrario Ercira Díaz, símbolo de la defensa de la autonomía universitaria y de la juventud dominicana frente a la violencia de Estado. Son historias distintas, pero todas revelan algo central: las mujeres dominicanas no solo han hecho historia por sus logros, sino también porque sus vidas han expuesto con crudeza las tensiones morales del país.

Ese es el verdadero reto de marzo. No usar el Mes de la Mujer como ritual vacío, sino como ejercicio de revisión nacional. ¿A cuáles mujeres enseñamos? ¿A cuáles reducimos a estereotipo? ¿A cuáles solo mencionamos cuando conviene? ¿A cuáles no hemos sabido cuidar, honrar ni estudiar con seriedad?

ESENDOM, al perfilar mujeres durante este mes, apuesta por una respuesta clara: una memoria dominicana más completa, más justa y más inteligente. Una memoria donde Anacaona no sea solo nombre de plaza, donde María Trinidad Sánchez no sea solo estatua, donde las Mirabal no sean solo consigna, donde Ada Balcácer no sea solo homenaje póstumo, donde La Mulatona no sea solo nostalgia televisiva y donde Emely Peguero no sea solo dolor congelado en titulares.

Porque la historia dominicana, bien contada, no pone a las mujeres al margen. Las pone en el centro. Ahí es donde siempre debieron estar.

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