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Cultura y conciencia

Orlando Martínez: la palabra que el poder quiso matar y que terminó convertida en memoria nacional

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Por Nelson Santana
17 de marzo de 2017

Orlando Martínez Howley no fue un caso aislado. Pertenece a una tradición dominicana de periodistas, escritores y artistas que convirtieron la palabra y la imagen en instrumentos de denuncia contra el abuso del poder.

Su asesinato, el 17 de marzo de 1975, durante los Doce Años de Joaquín Balaguer (1966–1978), no solo buscó eliminar a un hombre. Buscó castigar al pensamiento crítico en la República Dominicana.

Como director ejecutivo de la revista ¡Ahora! y jefe de redacción y columnista del diario El Nacional, Martínez hizo de su escritura un instrumento de fiscalización contra la corrupción, la represión y la impunidad. Militante del Partido Comunista Dominicano (PCD), no ocultó ni su posición ideológica ni su disposición a confrontar al régimen.

Su muerte no logró borrar su voz. Con el tiempo, Orlando Martínez se convirtió en uno de los símbolos más poderosos de la libertad de expresión en el país.

En República Dominicana, escribir nunca ha sido una actividad inocente. Cuando la palabra nombra lo que el poder prefiere ocultar, deja de ser lenguaje y se vuelve desafío. Lo mismo ha ocurrido con la fotografía, el panfleto, la revista cultural, el boletín político, el documental y la crónica periodística. Durante décadas, intelectuales, artistas y comunicadores dominicanos usaron la producción escrita y audiovisual para señalar la represión estatal y dejar constancia de aquello que los sectores dominantes buscaban silenciar. Dentro de esa tradición de combate cívico, pocos nombres cargan el peso moral de Orlando Martínez Howley.

Reducirlo a un periodista asesinado sería insuficiente. Martínez fue una figura central de un momento histórico en que ejercer el periodismo con honestidad podía costar la vida. Su historia no es solo la de una víctima del autoritarismo: es la de un profesional que entendió que la prensa no existe para adornar al poder, sino para vigilarlo y exponerlo.

Nacido el 23 de septiembre de 1944 en Las Matas de Farfán, provincia San Juan, Orlando perteneció a una generación marcada por las heridas del trujillismo y por la disputa sobre qué país sería la República Dominicana tras la dictadura. Se formó en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), que en esos años no era solo una institución académica, sino un espacio de debate, movilización y resistencia política en una etapa especialmente convulsa de la vida nacional.

Desde esa militancia intelectual, construyó una carrera periodística que lo ubicó entre las voces más incómodas de su tiempo. Fue director ejecutivo de la revista ¡Ahora! —propiedad del periodista y abogado Rafael Molina Morillo— y columnista del diario El Nacional, donde también ejerció como jefe de redacción. Su columna, «Microscopio», se convirtió en referencia obligada porque hacía exactamente lo que su título prometía: observar de cerca lo que el poder quería dejar en penumbra. A través de ella denunciaba la represión, la corrupción, las torturas, el saqueo de corporaciones extranjeras y los crímenes que marcaban la vida política dominicana bajo el régimen de Balaguer.

Eso explica su importancia. Pero también su destino.

Durante los Doce Años, el país vivió bajo una democracia severamente restringida por la persecución política, la violencia estatal y paraestatal, y la represión sistemática contra sectores de izquierda, estudiantes, obreros, intelectuales y voces disidentes. En ese clima, el periodismo crítico no se consideraba diferencia legítima, sino amenaza. Orlando escribía con una claridad que desafiaba ese orden. No aceptaba el silencio como método ni la prudencia como excusa frente a la injusticia.

Solo veintiún días antes de su muerte, publicó la columna «¿Por qué no, doctor Balaguer?», en la que interpelaba directamente al presidente y le sugería que él y sus allegados abandonaran el poder. Ese texto es ampliamente señalado como uno de los detonantes del crimen.

El 17 de marzo de 1975, alrededor de las 5:15 de la tarde, Orlando fue interceptado y acribillado en la avenida José Contreras, cerca de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Tenía 30 años. Su asesinato no puede leerse como un hecho aislado ni como una tragedia individual. Fue un crimen político: un mensaje y un castigo ejemplarizante. La intención no era solo eliminarlo, sino sembrar miedo entre quienes todavía creían que se podía denunciar, investigar y disentir en voz alta.

La carga simbólica fue brutal: un periodista joven, asesinado en plena capital por atreverse a escribir contra el poder. Se buscó disciplinar a la prensa, intimidar a los sectores críticos y recordar al país que existían límites impuestos por la fuerza. Su muerte se inscribió en una etapa donde la violencia política no fue excepcional, sino estructural. Los nombres de Amín Abel Hasbún, Otto Morales, Maximiliano Gómez, Gregorio García Castro y el periodista José Enrique Piera Puig —asesinado cinco años antes— forman parte del mismo paisaje histórico de represión. Se estima que durante los gobiernos de Balaguer más de dos mil trabajadores, estudiantes e intelectuales fueron asesinados.

Sin embargo, la historia de Orlando no termina en el crimen. Continúa en la memoria.

Durante años, el caso quedó atrapado en la impunidad. Balaguer siempre sostuvo que conocía a los responsables, pero se negó a revelarlos a la justicia. En sus memorias dejó una célebre «página en blanco» donde supuestamente consignaría los nombres para la posteridad. Esa mezcla de conocimiento, omisión y poder retrata con crudeza una parte del drama dominicano del siglo XX: el Estado no solo fallaba en proteger la vida de sus ciudadanos, sino que administraba el silencio después del crimen.

No fue hasta 1996, con la elección de Leonel Fernández, que el caso fue reabierto con decisión. La investigación, conducida por el juez de instrucción Juan Miguel Castillo Pantaleón, permitió retomar el expediente y llegar a juicio. En 1998, Mariano Cabrera Durán fue arrestado en Nueva York y extraditado. La orden del asesinato había partido del general Isidoro Martínez González, quien murió de cáncer en 2001 sin ser juzgado. El juicio culminó en 2007 con la sentencia de la Cámara Penal de la Corte de Apelación de San Pedro de Macorís: 30 años de prisión para Cabrera Durán y Rafael Alfredo Lluberes Ricart —identificado como el autor del disparo—, 20 años para el general retirado Joaquín Antonio Pou Castro y 5 años para Luis Emilio de la Rosa Beras. La sentencia fue importante pero tardía: no devolvía a Orlando ni borraba el daño. Lo que sí hacía era romper, al menos en parte, el pacto de impunidad que durante décadas protegió a los responsables.

Aun así, reducir su legado al resultado judicial sería un error. Su verdadera victoria histórica fue otra: no lograron borrarlo. El poder quiso convertirlo en advertencia; la sociedad terminó convirtiéndolo en símbolo. Orlando Martínez se volvió referencia ética para el periodismo dominicano y medida incómoda para cualquier democracia que quiera presumir de libertad de expresión sin revisar su pasado.

Y ahí es donde su caso entra en una tradición más amplia de resistencia cultural dominicana. Antes de la expansión digital del siglo XXI, la denuncia social ya circulaba por múltiples vías: periódicos impresos, revistas, panfletos, manifiestos, libros, obras visuales, fotografías, grabaciones y materiales audiovisuales. La oposición al abuso del poder no empezó con internet; lo digital amplificó ciertas voces, pero la cultura dominicana de denuncia venía de mucho antes. Orlando pertenece a esa genealogía de hombres y mujeres que usaron la producción intelectual y artística como forma de intervención pública.

Por eso su memoria sigue viva. No solo en homenajes y conmemoraciones —como el reciente decreto del presidente Luis Abinader que designó la sede del INDOTEL con su nombre—, sino en la conciencia periodística del país. Cada vez que en República Dominicana se discute censura, presión contra la prensa, impunidad o miedo a denunciar, el nombre de Orlando Martínez reaparece. No como evocación nostálgica, sino como recordatorio concreto de lo que está en juego cuando una sociedad permite que el poder se coloque por encima de la verdad.

Orlando Martínez Howley fue hijo de Las Matas de Farfán, periodista de Santo Domingo y patrimonio moral de la nación dominicana. Lo asesinaron por escribir. Lo persiguieron por pensar. Lo quisieron convertir en silencio. Fracasaron.