Por Nelson Santana
27 de febrero de 2026
Hoy, 27 de febrero de 2026, conmemoramos 182 años de Independencia. La escena fundacional se repite cada año como liturgia nacional: el trabucazo de Mella en la Puerta de la Misericordia, la bandera en la Puerta del Conde, el gesto de Sánchez sosteniendo una idea que Duarte había sembrado. Pero si ESENDOM tiene una responsabilidad cultural, es esta: no dejar que la fecha se convierta en rutina. Celebrar no es solo recordar el origen; es preguntarnos si estamos honrando el proyecto.
Duarte: arquitecto de una idea, no estatua para selfie
En nuestra serie «26 cosas dominicanas que explican quiénes somos», lo dijimos sin rodeos: Juan Pablo Duarte no es héroe de bronce; es arquitecto de una República. Su grandeza no fue un discurso bonito, sino un diseño político: nación basada en ley, libertad y dignidad; soberanía sin tutelas; límites al poder incluso cuando el poder se disfraza de «salvación». Fundó La Trinitaria en 1838 como un acto de disciplina cívica: células, método, educación, teatro, conciencia nacional. No era un club; era una escuela de ciudadanía.
Y ahí está la parte incómoda —la que el país tiende a omitir en los actos oficiales: Duarte pagó caro su coherencia. Fue marginado por caudillos, expulsado, y murió en el exilio en Caracas en 1876. Eso no es un detalle biográfico; es una advertencia histórica: en República Dominicana, el problema no ha sido solo conquistar la Independencia, sino sostener el ideal republicano frente a la tentación del personalismo.
Rosa Duarte y la independencia que se salvó en papeles
Otra lección cultural que se pierde cuando convertimos a Duarte en estatua: su legado intelectual sobrevivió porque su familia lo defendió. Sus hermanas —especialmente Rosa Duarte— rescataron, organizaron y protegieron escritos, cartas y apuntes en condiciones de precariedad. Sin ese trabajo silencioso, hoy Duarte sería una figura mitificada pero intelectualmente vacía. En un país que vive de memoria selectiva, la independencia también se preserva archivando.
La patria también se discute: himno, ley y libertad «con asterisco»
En meses recientes, ESENDOM volvió al Himno Nacional desde dos ángulos que chocan: la pregunta de Cassandro Fortuna sobre por qué el himno privilegia «quisqueyanos», y las controversias legales por interpretaciones consideradas irreverentes. La conclusión cultural es la misma: los símbolos patrios son terreno de poder.
La Ley 210-19 existe y se aplica. Y ahí entra el debate que muchos evaden: ¿cómo equilibramos protección de símbolos con expresión en una sociedad moderna? La controversia del «Himno Nacional Lésbico» y, más recientemente, la detención de una mujer por interpretarlo en dembow, no son chismes de redes. Son síntomas de un país donde la libertad de expresión opera «con términos y condiciones», especialmente cuando se toca lo sagrado: himno, moral, identidad oficial.
Si celebramos Independencia, también debemos tener la honestidad de reconocer esto: una nación soberana no es solo la que se defiende de afuera; es la que se atreve a debatirse por dentro.
Carnaval de La Vega: soberanía cultural en la calle
La Independencia no se sostiene solo con mármol y discursos. Se sostiene con cultura viva. Por eso, cuando ESENDOM afirma que el Carnaval de La Vega es el número uno —cinco siglos, organización comunitaria, patrimonio y un Diablo Cojuelo que es arte colectivo— está diciendo algo más profundo: la nación también se legitima en sus rituales.
Cada vez que suena «Baila en la calle», se activa una memoria que no depende de decretos. Luis Días, Pedro Rymer, Fernandito Villalona: eso es República en forma de sonido. Si la política se rompe, la cultura a veces es lo único que mantiene el «nosotros» pegado.
Cierre: el 27 de febrero como examen
Duarte nos dejó una vara: soberanía sin tutelas, legalidad sin caudillos, ciudadanía activa. Sus papeles sobrevivieron porque su familia los protegió. Nuestros símbolos provocan debates porque revelan dónde el país se siente frágil. Y nuestro carnaval demuestra que la dominicanidad no es abstracta: se hace en comunidad.
Así que la pregunta para hoy no es «¿celebramos?». Claro que sí.
La pregunta es otra —más dura y más útil:
Si Duarte mirara la República Dominicana de hoy, ¿diría que estamos construyendo la República que imaginó… o solo administrando el poder que él combatió?
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