Por Nelson Santana
26 de enero de 2026
El fundador olvidado que concibió una república sin caudillos ni tutelas extranjeras
La figura de Juan Pablo Duarte trasciende la imagen ceremonial del prócer. Fue un pensador político ilustrado cuya visión de independencia incluía institucionalidad, igualdad racial y límites constitucionales al poder—ideas radicales para su época y urgentes para la nuestra.
Formación de un republicano
Nacido el 26 de enero de 1813 en Santo Domingo, Duarte creció durante la España Boba, período de abandono colonial español. Hijo de comerciantes peninsulares, viajó a Europa y Estados Unidos, donde asimiló el constitucionalismo liberal y el pensamiento republicano. A diferencia de otros líderes criollos, no buscaba simplemente cambiar de metrópoli: imaginaba una nación soberana gobernada por leyes, no por caudillos.
Durante la ocupación haitiana (1822-1844), estas ideas cristalizaron en un proyecto político concreto que rechazaba tanto la dominación haitiana como cualquier nueva sumisión a potencias europeas.
La Trinitaria: independencia como educación cívica
En 1838, Duarte fundó La Trinitaria, sociedad secreta que preparó ideológicamente la independencia. No era una estructura militar sino un círculo de formación política que usaba el teatro y la educación para construir conciencia nacional.
Su visión era inclusiva para los estándares caribeños: defendió una patria donde blancos, negros y mestizos fueran ciudadanos iguales, posición revolucionaria en una región atravesada por esclavitud y castas raciales.
Legalidad sobre personalismo
El aporte jurídico de Duarte—visible en el Proyecto de Ley Fundamental—establece principios democráticos: soberanía popular, separación de poderes, supremacía constitucional y prohibición expresa de anexiones extranjeras.
Para Duarte, la independencia sin institucionalidad era vacía. Estas ideas desafiaban directamente a los militares que gobernaban mediante decretos y pactos con imperios.
El precio de la coherencia
Tras la independencia del 27 de febrero de 1844—proclamada mientras estaba exiliado—, Pedro Santana y el sector conservador tomaron el poder. Duarte rechazó asumir la presidencia sin legitimidad popular, decisión que selló su marginación.
Fue exiliado, perseguido y vivió en precariedad. Mientras Santana anexaba el país a España en 1861, Duarte mantuvo su oposición inflexible a toda tutela extranjera. Durante la Restauración (1863-1865) ofreció sus servicios nuevamente, sin buscar protagonismo.
Murió en Caracas en 1876, pobre y olvidado. Sus restos fueron repatriados en 1884.
Vigencia de un legado incómodo
Duarte interpela directamente los problemas contemporáneos: ¿está el poder subordinado a la ley? ¿Es la soberanía popular real o retórica? ¿Se gobierna para la nación o para grupos de interés?
En un contexto de institucionalidad frágil, clientelismo y debilidad democrática, Duarte representa un estándar ético incómodo: eligió la coherencia sobre el poder, la legalidad sobre el oportunismo.
No fue un héroe sin fisuras, pero sí un político excepcional que entendió algo fundamental: las repúblicas se construyen con ciudadanos activos e instituciones sólidas, no con caudillos providenciales ni sumisiones convenientes.
Leer a Duarte hoy no es nostalgia—es confrontar lo que aún falta por construir en la democracia dominicana.
Apunte biográfico
Juan Pablo Duarte fue hijo de Juan José Duarte, comerciante español originario de Cádiz, y de Manuela Díez Jiménez, nacida en El Seibo, figura decisiva en su formación moral y política. La familia Duarte encarnó un patriotismo activo: puso recursos económicos, redes familiares y capital humano al servicio del proyecto independentista. Sus hermanas, especialmente Rosa Duarte y Francisca Duarte, desempeñaron un papel fundamental, no solo como colaboradoras del movimiento, sino como guardianas de su legado intelectual.
Gran parte de lo que hoy conocemos del pensamiento político, la correspondencia y la obra poética de Duarte se conserva gracias a Rosa Duarte, quien rescató, organizó y protegió sus papeles durante décadas de exilio y persecución. Sus Apuntes, junto con cartas, poemas y documentos oficiales, permiten reconstruir a Duarte no solo como prócer, sino como humanista, constitucionalista y pensador ético. Sin esa labor silenciosa —realizada en condiciones de extrema pobreza y olvido— Duarte correría hoy el riesgo de ser una figura mitificada, pero intelectualmente incompleta. Su legado escrito, preservado por su familia, confirma que la independencia dominicana fue concebida como un proyecto moral y jurídico, no como una simple ruptura militar.
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