Por Nelson Santana y Emmanuel Espinal
31 de enero de 2026
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Este artículo pertenece a «26 cosas dominicanas que explican quiénes somos (Edición enero/febrero)», una serie diaria que durante todo el mes examina las claves culturales que nos definen como dominicanos—tanto en la isla como en el exterior. A través de lo cotidiano, el lenguaje, la música, la comida, la fe y la memoria colectiva, cada entrega analiza una «cosa dominicana»: qué es, por qué nos importa y cómo la vivimos aquí y allá.
Para lectura rápida
El velorio dominicano mezcla duelo, comunidad, fe y resistencia cotidiana
Tradicionalmente se hacía en la casa, con café, rezos y amanecida colectiva
Hoy conviven funerarias, música, recorridos barriales y rituales antiguos
La forma de despedir revela clase social, barrio y época
Qué es
El velorio constituye el ritual mediante el cual se vela a la persona fallecida antes de su entierro. El cuerpo se coloca en caja mortuoria, rodeado de flores, velones y fotografía en vida. Hay rezos, oraciones y presencia constante de familiares y amigos, frecuentemente durante toda la noche. El verbo velar no es simbólico: implica permanecer despierto, acompañar al muerto y, de algún modo, protegerlo en su tránsito final.
Aunque hoy en las ciudades predominan las funerarias, en barrios y zonas rurales todavía se velan difuntos en la sala de la casa. Se colocan sillas, carpas, lonas; se prepara café fuerte, té de jengibre, a veces ron o sancocho. Nadie se va con estómago vacío. El velorio es duelo, pero también logística, solidaridad y resistencia emocional.
Por qué importa
El velorio dominicano no es silencioso ni distante: es colectivo. Acompañar al muerto es acompañar a la familia. Históricamente, este ritual funcionó como red de apoyo comunitaria en contextos donde no había seguros, funerarias ni servicios estatales. El barrio resolvía.
También importa porque revela cómo la sociedad dominicana ha negociado la muerte a lo largo del tiempo. Hasta bien entrado el siglo XX, ricos y pobres velaban en casa. Con la aparición de funerarias, especialmente a partir de los años sesenta, se introdujo nueva noción de orden, higiene y «decoro». Aun así, la tradición no desapareció: se adaptó.
El velorio también funciona como espejo de tensiones sociales. Para algunos sectores, la música, el alcohol o el desfile por el barrio representan irrespeto. Para otros, constituye forma legítima de honrar al fallecido tal como vivió. En ese choque se lee el país.
Escena dominicana (micro-narrativa)
La noche es larga en Rancho Viejo, La Vega. El ataúd ocupa la sala, cuatro velones arden sin descanso. En la cocina, grupo de mujeres cuela café mientras afuera alguien cuenta chistes para espantar el sueño. A las dos de la mañana llega otro vecino, se persigna, da el pésame y se sienta sin preguntar. Nadie está solo. Al amanecer, cuando el cuerpo sale rumbo al cementerio, el barrio entero ya sabe que uno de los suyos se fue.
En el exterior
Fuera del país, los dominicanos reproducen el velorio como pueden. En apartamentos pequeños, en salones alquilados o capillas funerarias, aparecen los mismos elementos: café, rezos, turnos de amanecida, anécdotas contadas en voz baja. En algunos casos, la despedida se traslada al recorrido final: música preferida, paradas simbólicas, camisetas con el rostro del fallecido. No es nostalgia: es continuidad cultural.
Cierre
El velorio dominicano no es solo adiós; es declaración de pertenencia. En silencio o con música, en casa o en funeraria, lo que se vela no es únicamente un cuerpo, sino historia compartida.
Pregunta: ¿Has vivido un velorio que te haya marcado por cómo se despidió a esa persona?
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