Por Nelson Santana y Emmanuel Espinal
23 de enero de 2026
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Para lectura rápida
«Coro» y «chercha» nombran formas dominicanas de estar juntos: grupo, ruido, confianza
No son sinónimos exactos: el coro convoca; la chercha desborda
Funcionan como códigos sociales más que como palabras literales
Donde hay coro puede haber chercha; pero no toda chercha nace de coro planificado
Qué es
En República Dominicana, «coro» y «chercha» son palabras pequeñas con funciones sociales enormes.
«Coro» puede significar muchas cosas, pero en la calle raramente se refiere a grupo vocal formal. Aquí «coro» es juntarse, estar en grupo, hacer algo en confianza. «Armar un coro», «llegar al coro», «hazme coro» no hablan de música: hablan de acompañamiento, de presencia, de seguir la corriente. El coro es estructura mínima: dos o más personas con plan—aunque sea improvisado—para pasarla bien.
«Chercha», en cambio, es el estado al que se llega cuando el coro se sale de control. Es bulla, relajo, algarabía, conversación atravesada por risas, interrupciones y ruido. Su origen es revelador: una adaptación dominicana del inglés «church», asociada a los cultos afroamericanos cantados y rítmicos que se conocieron en Samaná en el siglo XIX. De ahí pasó a significar reunión ruidosa y alegre, primero con cantos, luego con cualquier forma de juerga.
Por qué importa
Estas palabras importan porque describen cómo se organiza la vida social dominicana. No todo opera mediante agendas, invitaciones formales o eventos planificados. Muchas cosas suceden porque alguien dijo: «¿Dónde es el coro?» o «Vamos a hacer una chercha».
El coro es inclusión. Decir «hazme coro» no es solo pedir compañía; es solicitar respaldo simbólico. Es decir: no me dejes solo en esto. La chercha, por su parte, es válvula de escape. En una sociedad marcada por estrés económico, informalidad y convivencia intensa, la chercha permite liberar tensión sin solemnidad.
Además, ambas palabras funcionan como marcadores de confianza. No se arma coro con cualquiera. No se entra en chercha sin cierto nivel de cercanía. Son términos que delimitan quién es parte del «adentro» y quién se queda afuera observando.
Escena dominicana (micro-narrativa)
Un viernes cualquiera. Alguien escribe en el grupo: «¿Qué hay hoy?». Otro responde: «Nada fijo, pero podemos hacer un coro». A las nueve ya son cuatro. A las diez, siete. Alguien trae bocina «pequeña». Alguien más dice «yo llego ahora».
A las once ya no hay plan. La música está alta. Dos conversaciones ocurren simultáneamente. Uno cuenta cuento que nadie termina de oír porque otro se está riendo demasiado duro. Alguien grita desde la cocina. Otro canta mal pero con entusiasmo. Ya no es coro: es chercha. Y nadie quiere que se acabe.
En el exterior
Fuera del país, «coro» y «chercha» funcionan como puentes culturales. En ciudades como Nueva York, Madrid o Miami, decir «vamos a hacer un coro» crea espacio dominicano instantáneo, aunque sea en apartamento pequeño o parque.
La chercha, lejos de casa, tiene matiz distinto: mezcla alegría con nostalgia. Es ruido para espantar silencios largos. Es risa para compensar ausencias. No importa si hay poco espacio o poco tiempo: cuando se arma chercha, el entorno se suspende y manda el ritmo social dominicano.
Estas palabras sobreviven porque nombran algo que no se traduce completamente: la necesidad de juntarse sin protocolo.
Cierre
«Coro» y «chercha» no son simples modismos. Son herramientas culturales para crear comunidad, aliviar tensiones y afirmar pertenencia. En ellas cabe lo mejor y lo caótico de estar juntos. El dominicano no solo se reúne: arma coro. Y cuando la cosa fluye, deja que la chercha haga lo suyo.
Pregunta: ¿Cuál fue la última vez que un coro pequeño terminó convirtiéndose en una chercha inolvidable?
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