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Cultura y conciencia

26 cosas dominicanas que explican quiénes somos: Merengue

CulturaEMMANUEL ESPINALComment

Por Emmanuel Espinal y Nelson Santana
30 de enero de 2026

Para lectura rápida
∙ El merengue empezó en lo rural y, antes del «típico» como hoy lo imaginamos, lo más probable es que el merengue de guitarra fuera una de sus primeras formas populares y difundidas
∙ Con la llegada de acordeones importados (especialmente vía comercio alemán), el merengue se reconfiguró y cristalizó en el conjunto simbólico: acordeón + tambora + güira
∙ El merengue no es un solo género: es un ecosistema que incluye típico/perico ripiao, orquesta, merengue de los 80, merengue de calle/urbano, merenhouse, merenguetón y fusiones
∙ Más que música, el merengue es infraestructura social: donde suena, la gente se reconoce, se alinea y se mueve

Qué es

El merengue constituye el ritmo que mejor resume una idea dominicana: aquí el cuerpo entiende antes que la boca. Es música y baile, cierto, pero también sistema de señales compartidas. Su base rítmica suele avanzar en compás de 2/4, acelerada, insistente, diseñada para que el paso sea corto y continuo. Y aunque el merengue ha transformado su instrumentación y estética según época y clase social, hay dos elementos que casi nunca se negocian: la tambora (doble parche, golpe de mano y palo) y la güira (raspado metálico que marca el tiempo como metrópolis marcando horas).


Cuando la gente dice «merengue», frecuentemente piensa en el merengue típico (perico ripiao): acordeón, tambora y güira, con bajo y saxofón en versiones modernas. Pero el merengue es más antiguo que esa postal. Dado el recorrido histórico del Caribe y la disponibilidad de instrumentos, tiene lógica pensar que una de las primeras formas ampliamente practicadas fue el merengue de guitarra: cuerdas y percusión sencilla en patios, campos y espacios improvisados, antes que el acordeón se convirtiera en estandarte melódico.


El «salto» del merengue típico llegó con fuerza cuando el acordeón arribó y se dominicanizó. Ese instrumento no solo aportó volumen y filo: aportó portabilidad y capacidad de improvisación que encaja perfectamente con la cultura del toque en vivo. Por eso, el merengue típico termina siendo síntesis cultural muy clara: Europa en el acordeón, África en la tambora, y lo taíno/antillano en la güira como emblema percutivo. En pocas músicas del Caribe la «mezcla» se ve tan literal en tres instrumentos.

Por qué importa
El merengue importa porque cuenta la historia del país sin necesidad de discurso académico. Nace desde lo popular, asciende, se disputa, se legitima, se exporta y se reinventa. Su trayectoria revela tensiones clásicas: campo versus ciudad; élite versus pueblo; «música fina» versus «música de calle»; lo «nacional» como orgullo auténtico versus lo «nacional» como herramienta política.


Y aquí viene la parte sin romanticismo: al merengue lo han querido domesticar y lo han querido barrer, dependiendo de quién manda y cuál es la moral del momento. Pero el merengue siempre encuentra el hueco. Si no lo tocan en salones, suena en patios. Si lo critican en radio, vive en colmadones. Si lo desplaza ola urbana, vuelve por la puerta de la fusión. El merengue es terco. Y esa terquedad es metáfora bastante dominicana.


Además, el merengue prueba algo fundamental: nuestra cultura no funciona en modo «pureza»; funciona en modo agilidad. Por eso hay merengue de todo tipo:


Merengue típico/perico ripiao: Rural y cibaeño en su imaginario, virtuoso, rápido, con jaleo y sabor de improvisación. Representa la forma más tradicionalmente asociada con los orígenes del género, aunque históricamente el merengue de guitarra probablemente lo precedió en muchas regiones. El término «perico ripiao» alude a un establecimiento específico donde se tocaba este estilo, consolidando su identidad como música de fiesta popular.


Merengue de orquesta: Urbano, con metales prominentes, arreglos más elaborados, tarima profesional, espectáculo visual, coros ensayados, energía de escenario calculada. Este estilo se desarrolló principalmente desde las décadas de 1930s-1950s, cuando el merengue comenzó a profesionalizarse y a ganar legitimidad en espacios urbanos formales. La orquestación permitió que el género dialogara con estándares internacionales de producción musical sin perder su identidad rítmica fundamental.


Merengue de los 80: Década donde el género se vuelve espectáculo internacional masivo: tempo frecuentemente más agresivo, imagen cuidadosamente construida, coreografía elaborada, pegada radial estratégica. Este período consolida al merengue como producto de exportación cultural dominicana, con artistas que llenan estadios y logran rotación en emisoras de toda América Latina y Estados Unidos.


Merengue de calle / merengue urbano: Barrio, picardía, códigos juveniles, lenguaje más directo, y posteriormente mezcla deliberada con rap y electrónica. Esta variante mantiene la energía del merengue pero la filtra a través de experiencias urbanas contemporáneas, incorporando narrativas y estéticas de cultura callejera.

Merenhouse / merenguetón / merenrap: El merengue como «motor» rítmico insertado en lenguajes globales. Estas fusiones no representan traición al género sino adaptación estratégica: el pulso del merengue se mantiene reconocible mientras dialoga con house, reggaetón, hip-hop y otras corrientes electrónicas urbanas. Son respuestas creativas a contextos donde la música dominicana convive con ecosistemas sonoros diversos.


Lo que une todas estas variantes no es fórmula rígida; es intención compartida: hacerte mover y, simultáneamente, decirte «tú eres de aquí», aunque estés geográficamente lejos.

Escena dominicana (micro-narrativa)
Santiago. Un sábado por la tarde. En esquina hay bocina que no respeta conversaciones. Entra merengue típico con acordeón picando como cuchillo: el güirero marca ras-ras-ras sin fallar una. Un niño aprende mirando. Un viejo sonríe sin admitirlo. La muchacha que venía «solo por una fría» ya está en el paso corto, hombros sueltos, cadera obediente.


Repentinamente alguien pide «uno de los ochenta» y la calle cambia de uniforme. Metales arriba, coro pegajoso, y el ritmo se convierte en mandato feliz: nadie permanece triste tanto tiempo con merengue sonando a volumen de barrio.

En el exterior
Fuera del país, el merengue opera como documento de identidad no oficial. En fiesta dominicana en el Bronx, un merengue de orquesta pone orden: la gente se levanta, se reconoce, se congrega. En Madrid o Barcelona, el típico se vuelve bandera íntima: acordeón + tambora + güira y ya no importa si el apartamento es pequeño; la sala se transforma en pista.


Y lo más interesante es que, en la emigración, el merengue no solo «se conserva»: se muta. Ahí nacen y se fortalecen fusiones como merenhouse y merengue de calle, porque la experiencia migratoria mezcla idiomas, sonidos y necesidades. El merengue aprende a hablar con sintetizadores sin perder su acento distintivo.


En ciudades como Nueva York, Miami, Boston, Providence y Paterson, el merengue cumple función doble: mantiene memoria colectiva mientras simultáneamente se adapta a realidades urbanas donde dominicanos conviven con puertorriqueños, mexicanos, colombianos y otros latinoamericanos. En esos espacios, el merengue no compite; dialoga. Se vuelve lenguaje común que permite articular identidad específica dentro de contexto panlatino más amplio.

Cierre + pregunta (CTA)
El merengue no es pieza de museo. Es máquina viva: cambia de traje, pero nunca cambia de objetivo. Si suena, el cuerpo lo entiende. Si se toca, la comunidad se arma. Representa adaptabilidad cultural como principio activo, no como concesión. Es evidencia sonora de que la identidad dominicana no se define por estatismo sino por movimiento—literal y metafórico.

Ahora dime tú: ¿cuál merengue te representa más—el típico de acordeón, el de orquesta, el ochentero de tarima, o el de calle/merenhouse que te prende la noche?