Por Nelson Santana
1 de enero de 2025
Hay canciones que funcionan como termómetros culturales. «El vecinito», la reinterpretación en merengue típico que Rubali Valerio hace del clásico «La vecinita» de Ricardo José, no solo revive un éxito de los años ochenta: documenta una transformación profunda en cómo las mujeres dominicanas expresan públicamente el deseo y reclaman su derecho a la voz sexual en la música popular.
El cambio de mirada: de objeto a sujeto deseante
Cuando Ricardo José lanzó «La vecinita» en los ochenta, la canción seguía el patrón tradicional del merengue románico: una voz masculina que observa, evalúa y desea. El hombre canta, la mujer es cantada. Ese esquema refleja décadas de producción musical donde las mujeres aparecían como objetos de contemplación, nunca como sujetos con agencia erótica propia.
La versión de Rubali invierte completamente la ecuación. Desde el primer verso —«Cerca de mi casa / yo me enamoré»— la voz femenina se instala como protagonista activa de su propia narrativa de deseo. No espera ser cortejada: ella mira, ella elige, ella confiesa públicamente su enamoramiento. Esta posición de sujeto deseante marca una ruptura generacional importante.
«Linda cinturita»: cuando ella describe el cuerpo masculino
El verso más revelador de esta transformación cultural llega cuando Rubali canta: «linda cinturita… linda boquita suave y rosadita». En los años ochenta, que una mujer cantara públicamente sobre la «cinturita» de un hombre, que evaluara abiertamente su cuerpo con categorías estéticas y eróticas, hubiera resultado impensable en el merengue comercial. Las mujeres podían cantar sobre amor, desamor, incluso traición, pero rara vez sobre el cuerpo masculino como objeto de contemplación sensual.
Los diminutivos —cinturita, boquita, vecinito— no son inocentes. Funcionan como estrategia retórica que suaviza la audacia del contenido. Al usar lenguaje «tierno», la canción puede expresar deseo sexual sin que parezca demasiado agresivo o «impropio». Es una negociación cultural: el diminutivo autoriza lo que el sustantivo desnudo hubiera prohibido. Aun así, el contenido es claro: una mujer describe públicamente el cuerpo de un hombre como fuente de placer visual y deseo.
«Me tiene amarrá»: confesar la vulnerabilidad del deseo
Otro elemento revolucionario aparece cuando Rubali canta «me tiene conquistada… me tiene amarrá». La voz femenina no solo desea: admite ser vulnerable ante ese deseo, confiesa que el vecinito tiene poder sobre ella. En la cultura tradicional dominicana de los ochenta, que una mujer declarara públicamente estar «amarrá» por un hombre podía interpretarse como debilidad, como pérdida de control inaceptable.
La versión de Rubali normaliza esa confesión. El deseo no es vergüenza; la vulnerabilidad emocional no es sumisión. La mujer puede estar enamorada, «amarrá», y seguir siendo sujeto de su propia historia. Canta su obsesión sin pedir permiso, sin justificarse, con la misma libertad con que los hombres lo hicieron durante décadas.
«Delicadito como un bomboncito»: feminizar al hombre deseado
Quizás el giro más subversivo está en el verso «Este vecinito es muy delicadito… cuando yo lo miro, parece un bomboncito». Aquí Rubali no solo invierte la mirada: feminiza al objeto de deseo. Usa adjetivos tradicionalmente reservados para describir mujeres —delicado, dulce como un bombón— y los aplica al vecinito.
En los ochenta, esta inversión hubiera sido impensable. La masculinidad hegemónica dominicana exigía que los hombres fueran descritos como fuertes, duros, conquistadores. Llamar a un hombre «delicadito» o compararlo con un bomboncito hubiera cuestionado su virilidad. Que una mujer lo hiciera públicamente, en una canción comercial, habría generado escándalo o burla.
Hoy, Rubali puede cantar esos versos y el público los celebra. Esto señala un cambio cultural significativo: la masculinidad dominicana se ha flexibilizado lo suficiente para tolerar que las mujeres la describan con lenguaje tierno, incluso infantilizante, sin que eso represente una amenaza.
El merengue típico como espacio de transformación
No es casual que esta inversión de roles ocurra en merengue típico y no en bachata o merengue de orquesta. El perico ripiao siempre ha sido espacio de mayor libertad expresiva, menos vigilado por las normas urbanas del «buen gusto». En el típico caben las obscenidades, las insinuaciones directas, el doble sentido sin filtro. Las mujeres acordeonistas como Rubali heredan ese espacio de libertad y lo usan para expresar lo que otros géneros todavía censuran.
Además, el acordeón en manos de Rubali funciona como símbolo de poder. No solo canta: toca, domina el instrumento tradicionalmente masculino, lidera la banda—semejante a Fefita La Grande, María Díaz, La India Canela, Raquel Arias, Lidia de la Rosa, y un sinnúmero de mujeres. Su cuerpo en movimiento —«las expresiones en su carita y el movimiento de su cadera mientras toca»— reafirma que el deseo femenino no es pasivo ni oculto. Es visible, corporalizado, celebrado.
El merengue típico contemporáneo está viviendo un momento de apertura sin precedentes. Rubali Valerio representa la voz femenina que se atreve a desear en público; La Fiera Típica, como primer artista abiertamente gay del género, visibiliza identidades históricamente marginadas. Estas voces demuestran que el típico puede ser simultáneamente tradicional y transformador, que la autenticidad no se pierde al expandir quiénes tienen derecho a contar sus historias desde el acordeón.
De los ochenta a hoy: lo que cambió
Si comparamos el contexto de los ochenta con el presente, los contrastes son evidentes:
En los ochenta:
Las mujeres cantaban amor romántico, no deseo sexual explícito (aunque siempre hubo excepciones con artistas como Vickiana y María Díaz)
Describir el cuerpo masculino era tabú en música comercial
La feminidad «decente» exigía recato y espera pasiva
Las mujeres en el merengue eran vocalistas, rara vez instrumentistas
Hoy:
Las mujeres cantan abiertamente sobre deseo y placer
Evalúan cuerpos masculinos con la misma libertad que los hombres lo hicieron siempre
La feminidad puede incluir agencia sexual sin perder respetabilidad
Mujeres como Rubali lideran bandas y dominan instrumentos tradicionalmente masculinos
Conclusión: la revolución silenciosa del merengue
«El vecinito» documenta una revolución cultural silenciosa. No es una canción de protesta feminista, no tiene agenda política explícita. Simplemente normaliza lo que antes era impensable: que una mujer dominicana cante públicamente sobre la «cinturita» de un hombre, que confiese estar «amarrá», que describa a su objeto de deseo como «delicadito» y «bomboncito».
Esa normalización es, en sí misma, revolucionaria. Demuestra que la sociedad dominicana ha evolucionado en su comprensión del deseo femenino, que las mujeres pueden ahora ocupar espacios de expresión sexual antes reservados exclusivamente para hombres.
Rubali Valerio, con su acordeón y su voz segura, no solo rescata un clásico: reescribe las reglas del juego. «El vecinito» prueba que cuando las mujeres toman el micrófono —y el acordeón— cuentan historias diferentes, invierten las cámaras, reclaman el derecho a desear en voz alta.
Y el público dominicano, en plena temporada navideña de 2024, baila, canta y celebra esa transformación sin pestañear. Porque al final, lo que ha cambiado no es solo la música: es la cultura misma.
La próxima semana, en nuestra serie «Como cambian los tiempos», analizaremos cómo La Fiera Típica y su aceptación por parte de los amantes del merengue típico representan otro capítulo fundamental en la evolución del género.
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