Por Dario Rosario
8 de marzo de 2026
Luis Abinader combinó en Miami dos escenarios de alto simbolismo: el debut de República Dominicana en el Clásico Mundial y la cumbre hemisférica «Escudo de las Américas».
El viernes lanzó la primera bola —recibida por el capitán Manny Machado— en el juego inaugural de Dominicana ante Nicaragua en el loanDepot Park. El sábado firmó una proclamación militar regional en el Trump National Doral junto a 12 mandatarios convocados por Donald Trump.
La doble agenda proyecta a República Dominicana simultáneamente como potencia beisbolera de la diáspora y como actor político en el tablero de seguridad hemisférica.
Miami, Florida. En cuestión de horas, Luis Abinader pasó de un escenario a otro que, aunque parezcan distantes, revelan una misma lógica de posicionamiento: del béisbol como vitrina emocional de la dominicanidad al tablero geopolítico de la seguridad regional.
Viernes: el diamante
El presidente asistió al partido inaugural de la selección dominicana en la sexta edición del Clásico Mundial de Béisbol y realizó el lanzamiento de la primera bola en el choque entre República Dominicana y Nicaragua en el loanDepot Park. Manny Machado, capitán del equipo, lo recibió detrás del plato. Abinader lo recordó después ante la televisión dominicana con satisfacción: «Fue un strike que yo tiré.»
No fue una parada menor. En Miami, donde la comunidad dominicana convierte cada juego importante en una extensión del patio, la presencia presidencial funciona como gesto de respaldo al equipo, pero también como acto de conexión política con una comunidad que pesa cultural y simbólicamente. Abinader estuvo acompañado por el ministro de Turismo, David Collado, y el ministro de Deportes, Kelvin Cruz —una imagen pensada para comunicar apoyo institucional al deporte en uno de los pocos escenarios donde la bandera dominicana compite con el mismo volumen emocional que en unas elecciones o un juego de la Serie del Caribe.
Y el Clásico tiene memoria. Dominicana no llega a este torneo como invitada de piedra. Ganó la corona invicta (8-0) en 2013 y sigue siendo uno de apenas tres países que han levantado el trofeo, junto a Japón —tricampeón— y Estados Unidos. Cuando un presidente aparece en el estadio, no solo saluda peloteros: se sube a una historia donde la nación se proyecta en grande y se reconoce.
Sábado: la mesa de poder
Al día siguiente, Abinader se trasladó al Trump National Doral para participar en la cumbre «Escudo de las Américas», convocada por Donald Trump con la presencia de 12 mandatarios del hemisferio occidental, todos alineados con la derecha o centroderecha regional. Allí el tono fue otro por completo: del ruido de las gradas al lenguaje de coaliciones militares, narcotráfico, migración y cooperación hemisférica.
Trump formalizó la creación de una coalición militar regional contra los carteles del narcotráfico y presentó la alianza como «un compromiso de usar fuerza militar letal para destruir los siniestros carteles y redes terroristas de una vez por todas». Abinader firmó la proclamación junto a los mandatarios de Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay y Trinidad y Tobago. No fueron invitados México, Brasil ni Colombia —una ausencia que define tanto el perfil ideológico del encuentro como sus límites operativos.
En clave dominicana, el paso del Clásico a la cumbre no es casual. Abinader pasó de aparecer en la gran fiesta de la dominicanidad beisbolera a sentarse en una mesa donde se discuten algunos de los temas más duros para la región —y que tocan directamente al país: frontera, narcotráfico, rutas marítimas y presión migratoria. Es política de imagen, sí, pero también política de posicionamiento. En una misma ciudad, buscó proyectar a República Dominicana como dos cosas a la vez: el país emocional que se une detrás de Tatis, Soto o Julio Rodríguez, y el país estratégico que quiere ser tomado en serio cuando se habla de seguridad hemisférica.
Lo que queda más allá de la foto
Conviene, sin embargo, no asumir que la proyección equivale a resultados. Una foto lanzando la primera bola entusiasma. Una firma junto a Trump proyecta relevancia. Pero ni una ni otra sustituyen consecuencias concretas. En el caso del Clásico, el símbolo funciona porque el béisbol une y porque el equipo respondió con una victoria contundente de 12-3. En el caso de «Escudo de las Américas», lo que importará no será la llegada al salón, sino qué gana República Dominicana en esa mesa, bajo qué términos y con qué implicaciones para su soberanía y sus propias prioridades de seguridad.
Miami le sirvió a Abinader para hablarle al corazón dominicano y al poder hemisférico en un mismo fin de semana. La jugada es clara. Falta ver si, más allá de las fotos, produce carreras políticas reales.
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