Por ESENDOM
24 de junio de 2026
Una de las tres victorias de la lista de Mamdani en la noche del 23 de junio, contada a través de los debates que definieron la campaña.
Darializa Ávila Chevalier ganó. A las 10:38 de la noche del martes 23 de junio, con el 88% de los votos escrutados, la Associated Press la declaró vencedora de la primaria demócrata por el escaño congresional número 13 de Nueva York. Los números, hasta el momento de escribir estas líneas, le daban 32,734 votos (49.4%) frente a los 30,399 (45.9%) del congresista Adriano Espaillat, que buscaba un sexto término; más atrás quedaron Óscar Romero (2,332 votos, 3.5%) y Teo «Chino» Tabárez (532 votos, 0.8%). Con ello, una organizadora socialista de 32 años, respaldada por el alcalde Zohran Mamdani y que hace apenas unas semanas casi no figuraba en el radar, desbancó al único dominicano que ha llegado al Congreso de Estados Unidos —el primero, además, que pasó de indocumentado a legislador— y presidente del Caucus Hispano. En un distrito profundamente demócrata, tiene ya prácticamente asegurado el escaño en noviembre. Espaillat reconoció la derrota esa misma noche.
Cuatro voces, dos finalistas
Cómo se llegó hasta aquí se entiende mejor a través de dos debates. En cuestión de días, el Distrito 13 se vio a sí mismo en dos espejos distintos. Primero, en español, desde el Rockefeller Center: Telemundo 47 reunió a cuatro candidatos demócratas en una hora enteramente en el idioma de la mayoría de sus vecinos. Después, en inglés, desde los estudios de NY1, Errol Louis y Courtney Gross sentaron frente a frente a los dos únicos aspirantes que cumplieron el umbral de recaudación: el congresista Adriano Espaillat y Darializa Ávila Chevalier, organizadora comunitaria, doctora en sociología, afrolatina y miembro de los Socialistas Democráticos de América (DSA), respaldada por el alcalde Zohran Mamdani, y que hasta ahora no había ocupado un cargo público. Misma contienda, dos públicos. Y lo que cada debate decidió poner al centro dice tanto como las respuestas mismas.
Conviene recordar el terreno y la asimetría. Espaillat, electo por primera vez al congreso en el 2026, tras dos derrotas ante Charles Rangel, y hoy presidente del Caucus Hispano del Congreso, llegó como favorito y como rostro del establecimiento demócrata: en 2024 corrió sin rival en la primaria demócrata y ganó las elecciones generales con más del 83% de los votos. El distrito —casi 800,000 personas, todo Harlem e Inwood en el Alto Manhattan más zonas del Bronx— es tan demócrata que quien gane la primaria tiene prácticamente asegurado el escaño en enero. Es, además, un distrito donde el 88% son inquilinos, donde el 40% de los niños vive bajo el nivel de pobreza y donde 480,000 residentes dependen de Medicaid. Sobre ese diagnóstico, los finalistas coinciden más de lo que admiten. La pelea, como veremos, no es tanto de plataforma como de carácter, de política exterior y de quién tiene derecho a hablar en nombre de quién.
Antes de reducirse a dos, la contienda tuvo cuatro voces, y vale la pena recordarlas porque enmarcaron lo que vendría. En Telemundo, junto a Espaillat y Ávila Chevalier, estuvieron Teho «Chino» Tabárez —de padre francés y madre dominicana, autoproclamado líder de la facción socialista del partido y de vocación internacionalista, que reservó el mensaje más lapidario de la noche para Trump: «drop dead and resign»— y Óscar Romero, mexicano-americano, profesor y el más joven director de tecnología que ha tenido la ciudad de Nueva York. Fue Romero quien fijó dos marcos que NY1 heredaría una semana después. El primero, sobre el dinero: ambos punteros, dijo, reciben fondos de súper PAC que podrían denunciar y no denuncian, porque a los dos les conviene mirar hacia otro lado. El segundo, más punzante, sobre la autenticidad: relató la violencia del narco que vivió en México, el asesinato de su padre, las cicatrices de pistola en su cabeza, y sentenció que no es lo mismo leer sobre migrantes que ser migrante —«¿qué me vas a venir a decir tú de la experiencia de un migrante si en tu vida has mandado una remesa?»—. Ávila Chevalier, hija de inmigrantes dominicanos, reclamó su propia herencia y calificó de sexista el desdén hacia su carrera académica. Ese duelo entre experiencia vivida y credencial intelectual reaparecería, casi calcado, en boca de Espaillat poco después.
Porque, en el fondo, la primaria enfrenta dos biografías que proponen dos teorías opuestas de la representación. Espaillat encarna al inmigrante que llegó de niño con visa de turista, se quedó más del tiempo permitido, regresó a la República Dominicana a tramitar su residencia, se hizo ciudadano y terminó en el Congreso: un «luchador con resultados comprobados», como se define. Su currículum es de gestión —presentó de los primeros artículos de juicio político contra Trump, demandó al IRS para frenar el traspaso de datos de contribuyentes inmigrantes a ICE, impulsó la ley de «lugares sensibles» que mantiene a la agencia fuera de iglesias, escuelas y hospitales, ayudó a federalizar y reparar complejos de NYCHA como Marble Hill—. Es, también, el candidato del aparato: tradicionalmente ha contado con el respaldo del gobierno dominicano y de la maquinaria del Partido Demócrata. Sus críticos le reprochan dos cosas: que, tras casi una década en el cargo, no ha hecho lo suficiente por su comunidad —«¿qué ha cambiado en estos años?», lo retó Ávila Chevalier en Telemundo— y que ha aceptado abundante dinero de corporaciones y grupos de interés. Ávila Chevalier encarna lo contrario: la inquilina, la maestra, la organizadora de catorce años que sacó gente de la detención de ICE «no desde el poder, sino como miembro de la comunidad». Para él, la experiencia institucional es la credencial suprema en la era Trump; para ella, la distancia del poder es prueba de pureza. Buena parte de la elección cabe en esa tensión.
“¿qué me vas a venir a decir tú de la experiencia de un migrante si en tu vida has mandado una remesa?”
Un mismo programa, una grieta llamada Gaza
Lo curioso es cuánto coinciden en el papel. Ambos quieren desmantelar ICE; ambos rechazan convertir la vivienda pública de Sección 9 a Sección 8 y defienden NYCHA ante una necesidad de capital de 78,000 millones de dólares; ambos respaldan expandir el crédito tributario por hijos y el cuidado infantil universal; ambos apoyan la tarifa de congestión y hasta el supermercado municipal que la administración de Mamdani propone para La Marqueta. En un distrito con tantos inquilinos y beneficiarios de Medicaid, los dos hablan el idioma de la clase trabajadora. El desacuerdo está en otra parte.
Como en varias primarias neoyorquinas de este ciclo, la contienda se ha vuelto un termómetro de la fractura demócrata en torno a la relación entre Estados Unidos e Israel, y ahí el abismo es de fondo. Ávila Chevalier llama «genocidio» a las acciones israelíes en Gaza; Espaillat se ha negado a usar esa palabra, aunque sostiene que Netanyahu cometió crímenes de guerra y debe rendir cuentas. Él defiende la solución de dos Estados y la existencia de Israel, y acusa a su rival de no reconocerla y de haber asistido, el 8 de octubre, a una concentración que hasta Mamdani y el contralor Brad Lander evitaron por sus «elementos radicales». Ella responde desde la biografía: pasó casi dos meses en Nablus, describe lo que vio como un «apartheid» y traza una línea entre los gases lacrimógenos sobre Gaza y los de Ferguson en 2014; dice que protestaba una represalia desproporcionada que veía venir, que jamás celebraría una muerte, y que el lenguaje del congresista la deshumaniza. Debajo de todo gravita el respaldo de AIPAC a Espaillat —más de 670,000 dólares a lo largo de su carrera, según ella, y un viaje a Israel en 2022—. Aquí no hay matiz posible: es la frontera más nítida entre ambos.
La identidad como campo de batalla
Lo más revelador, sin embargo, fue cómo el mismo flanco —su historial en redes— se tradujo para cada audiencia. En español, la controversia fue la bandera: Espaillat la acusó de haber llamado a la enseña tricolor «un excremento violento» en viejos mensajes y le exigió, una y otra vez, disculparse «a todos los dominicanos», recordando que la bandera ondea frente a su oficina desde hace una década. En inglés, la controversia fueron viejos tuits en los que defendió la abolición de las prisiones, llamó a Joe Biden «violador y criminal de guerra» y escribió «Fuck Kamala Harris». A los dominicanos se les apela a la lealtad a la bandera; al electorado demócrata más amplio, a la lealtad hacia los íconos del partido. En la ronda de preguntas cruzadas de NY1, Espaillat le pidió que se disculpara con Harris; ella lo hizo en vivo, reivindicándose como mujer negra que habría querido ver a una mujer negra en la Casa Blanca. «Lo lamento profundamente», repitió, antes de devolver cada golpe exigiendo que él rinda cuentas por su propio récord: bienes raíces, el voto a favor del GENIUS Act que enriqueció a Trump y «sus amigos cripto», el financiamiento a ICE. La rendición de cuentas, en sus manos, nunca fue de una sola vía.
Lo que en los debates fueron acusaciones —ella denunció «giras de prensa» en la República Dominicana que difundían «mentiras» sobre su identidad y un acoso «racista y deshumanizante» en sus redes— se volvió un episodio concreto en la recta final. Rusking Pimentel, asesor de alto rango de la campaña de Espaillat hoy en licencia sin sueldo, sostuvo en medios dominicanos —entre ellos los pódcast «Entre Líneas» y «Las Exclusivas de José Peguero»— que Ávila Chevalier, en alianza con Mamdani, buscaría «cambiar la demografía» de Washington Heights para sustituir a la comunidad dominicana por una población haitiana y musulmana, y puso en duda su dominicanidad: «llegó de la Florida», dijo, una joven que «se identifica como afrolatina» y que «supuestamente» tiene padres dominicanos. El medio City & State reportó las declaraciones, que fueron ampliamente condenadas como racistas, islamófobas y antihaitianas, y la campaña colocó a Pimentel en licencia sin sueldo. En los días previos a la votación, las redes de la candidata se llenaron de comentarios que la acusaban de ser haitiana, como si serlo fuese una descalificación. El propio Mamdani, que la respalda, salió a condenarlo: calificó de «inaceptable» usar el término «haitiano» como un insulto y dijo que las narrativas antinegras desplegadas en el Distrito 13 no representan los valores de la ciudad. A él se sumaron otros funcionarios, como el concejal Chi Ossé y la asambleísta Phara Souffrant Forrest. Para una comunidad cuya historia carga el peso del antihaitianismo, el episodio tocó una fibra honda: por unos días, la pregunta dejó de ser qué políticas defiende la candidata y pasó a ser quién cuenta como dominicano, y quién lo decide.
Esa pregunta —quién es y quién no es dominicano— estalló al aire el mismo día de las elecciones. Este martes, Ávila Chevalier abandonó una entrevista en El Vacilón de la Mañana, el popular programa de la emisora de habla hispana La Mega 97.9, después de que los presentadores la acusaran de haber insultado la bandera dominicana y le ofrecieran disculparse ante los dominicanos molestos por una vieja publicación que algunos leyeron como una falta de respeto. Ávila Chevalier negó haberla insultado jamás, calificó la acusación de «desinformación» difundida por Espaillat y zanjó: «Soy dominicana». Su lectura de aquel mensaje de 2022 difiere de la que circuló: ha dicho que lo que condenaba era el nacionalismo dominicano —al que llamó «violento»— y que por eso no incluía la bandera en su biografía; su campaña no aclaró de inmediato qué había querido decir.
Las otras fracturas: experiencia, inmigración y seguridad
Sobre esos choques late otro, más sutil: experiencia contra credenciales. El estribillo de Espaillat en inglés —«el Congreso no es un programa de doctorado… la experiencia importa… vivimos la era Trump»— es primo hermano del dardo de Romero sobre «leer los problemas en una biblioteca en lugar de resolverlos». Dos veces se usó su candidatura doctoral como lastre; dos veces ella la reformuló, recordando que más de siete años de investigación sociológica sobre la deportación le mostraron cómo «la red se hace cada vez más grande» cuando se multiplican las categorías de «criminal deportable». Si esos años son una credencial o una distracción, es, en miniatura, toda la elección.
La inmigración, paradójicamente, el terreno donde más se parecen, produjo sus choques más finos. Sobre los inmigrantes que delinquen, Ávila Chevalier sostiene una posición de principio: si ya existe un sistema penal, deportar a alguien tras cumplir condena equivale a un castigo doble impuesto por el lugar de nacimiento. Espaillat matiza: la mayoría de los deportados, asegura, lo son por faltas menores —saltar el torniquete, una multa de tránsito—, y para eso tiene legislación reformadora; pero ante un homicidio o una violación, si la ley ordena la deportación, está de acuerdo. El caso de Mahmoud Khalil —el activista detenido «en las calles de nuestro distrito», a quien Trump llamó el «modelo» de su política migratoria— volvió personal la disputa. Ávila Chevalier lo acusó de no haberse reunido con Noor, la esposa de Khalil; él respondió que sí recibió al activista y a sus abogados en Washington, y opuso cifras: 700 casos de deportación atendidos el año pasado, reunificaciones familiares, una visa humanitaria para un donante de riñón. Abogacía desde la calle frente a servicios desde el escaño: la misma pregunta, otra vez.
Hasta en seguridad pública —con los asaltos con agravantes al alza en el norte de Manhattan— las rutas divergen. Espaillat la acusó de querer «eliminar a la policía», según un viejo tuit, y presumió de trabajar con la comisionada y con la gobernadora Hochul para frenar la concentración de programas de metadona en Harlem, un «redlining» que, dice, obliga a su vecindario a cargar con una crisis de opioides cuyos pacientes llegan en un 75% desde otros barrios. Ella, que estudia la seguridad desde la sociología, replica que, tras gastar más que nunca en una policía más militarizada que nunca, seguimos preguntándonos si estamos seguros; su apuesta son las redes de protección social, la vivienda y los programas que, sostiene, sí correlacionan con comunidades más seguras.
La guerra con Irán dejó uno de los momentos más resonantes para el lector dominicano. Espaillat se declaró antiintervencionista «toda mi vida» y lo ancló en la memoria: «estaba en la República Dominicana cuando nos intervinieron en los años 60», en alusión a la ocupación estadounidense de 1965. Votó dos veces, recordó, por la Ley de Poderes de Guerra y vota sistemáticamente contra el presupuesto militar. Ávila Chevalier lo tradujo a aritmética moral: cada día de guerra cuesta más de mil millones de dólares; con lo gastado en los primeros seis días se habría financiado el cuidado infantil universal que prometió Mamdani. «Bebés, no bombas», resumió.
Dos teorías del cambio
De ahí brotan dos teorías del cambio, legibles en sus respaldos. A Espaillat lo apoyan el líder de la minoría Hakeem Jeffries, la gobernadora Kathy Hochul y la fiscal general Letitia James, además del Caucus Progresista; le enorgullecería ver al neoyorquino Jeffries presidir la Cámara. A Ávila Chevalier la respaldan el senador Bernie Sanders, el ex-representante Jamaal Bowman y el propio alcalde Mamdani; la reclutó el súper PAC Justice Democrats. La ironía no es menor: Espaillat respaldó a Andrew Cuomo frente a Mamdani en la primaria municipal —y solo se sumó al alcalde ya convertido en nominado, para las generales—; Mamdani, que en privado habría prometido devolverle el favor, según reportaron The New York Times y Politico, acabó endosando a su retadora. Y persiste la contradicción que Romero ya había nombrado: a ambos los empuja dinero externo que ninguno repudia del todo. Él la acusa de recibir millones de un súper PAC ligado a un millonario tejano que financió a Greg Abbott; ella lo acusa de AIPAC, de bienes raíces y de contratistas de ICE.
Hasta las rondas ligeras tuvieron subtexto. Preguntada por su última visita a la isla, ella dijo «hace cuatro años»; Espaillat respondió que él va «tres veces al año», una callada reivindicación de raíces. Hubo mofongo, gummy bears, Marcus Garvey contra Inwood Hill, Obama contra JFK, un Espaillat que confiesa que no maneja y toma el tren; y, en español, merengue, mangú «con tres golpes» y arroz con habichuela. Bajo los golpes, una mesa compartida.
Victorias para los elegidos de Mamdani
El triunfo de Ávila Chevalier no fue un hecho aislado, sino la pieza más resonante de una jugada mayor. Esa misma noche ganaron los tres aspirantes a la Cámara que respaldó Mamdani —a quienes había bautizado como su «equipo» en un anuncio, pasándoles un balón de baloncesto, transmitido durante los playoffs de los Knicks—: el excontralor Brad Lander destronó al representante Dan Goldman en el Distrito 10; la asambleísta Claire Valdez se quedó con el escaño abierto del Distrito 7 que deja la veterana Nydia Velázquez; y Ávila Chevalier hizo lo propio en el 13. Dos titulares caídos, un escaño abierto conquistado y un hilo común: los tres calificaron de «genocidio» la conducta de Israel en Gaza y la convirtieron en eje de campaña. Para el alcalde que en 2025 puso la ciudad de cabeza, fue la prueba de que su movimiento proyecta poder mucho más allá de la alcaldía. El barrido, eso sí, no fue total: en el Distrito 12, donde Mamdani reside y prefirió no pronunciarse, ganó Micah Lasher —sucesor ungido por el saliente Jerry Nadler— frente a un campo amplio que incluía a un nieto de John F. Kennedy.
El margen fue ajustado pero nítido —poco más de tres puntos y unos 2,300 votos—, y su lectura es doble. Es una victoria para el ala que encabeza Mamdani, cuyo respaldo de último minuto resultó decisivo, y para una izquierda crítica con Israel; y es, a la vez, un golpe simbólico para una comunidad que pierde su única silla dominicana en el Congreso. Pero conviene leerlo con cuidado: el escaño no se lo arrebató una fuerza ajena, sino otra dominicana, en una contienda entre dominicanos y decidida por votantes dominicanos. Los ataques más bajos —los que pretendieron descalificarla preguntando si era «de verdad» dominicana— no se impusieron. Lo que se impuso fue el desdoblamiento mismo del que hablábamos: un distrito tan numeroso y seguro de sí que pudo discutir consigo mismo en dos idiomas, sobre Gaza y sobre ICE, sobre la bandera y sobre los íconos del partido, y aun así elegir el cambio. No sin sombras —en sus días finales la campaña descendió a la vieja y dolorosa pregunta de quién cuenta como dominicano, y una candidata llegó a abandonar un estudio de radio el día mismo de la votación—, pero al final fue la propia comunidad, adulta y dividida, la que escribió el resultado. Ese es, ahora sí, el verdadero desenlace del Distrito 13.
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