Por Panocho Pechocho
11 de febrero de 2026
Hay frases que no son un desahogo: son un manual de gestión. Cuando un dirigente suelta, con voz de capataz modernizado, que a los empleados que «pasan informaciones» por «un par de pesos» les conviene ir rezando porque «si perdemos en el 28… es pa’ fuera que van», no está hablando de ética. Está hablando de propiedad.
En esa lógica, el partido no es una institución: es una finca con nómina. Y la democracia, un turno. Hoy cobras, mañana te desalojan. Aquí la transparencia no se premia; se penaliza. El «whistleblower» dominicano no es héroe: es traidor con recibo.
Lo más fino del argumento es el regateo moral: «por un par de pesos». Traducción: «no me molesta que hables; me ofende que el chisme salga barato». Porque si el secreto se vende, lo correcto —en esta mentalidad— es que se venda al precio que manda el dueño, no al menudo que puede pagar cualquiera.
Y entonces aparece el «descuento», ese eufemismo precioso: no es castigo, es «ajuste»; no es retaliación, es «consecuencia». El problema nunca es que exista una estructura donde te «descuentan» real o supuestamente; el problema es que alguien se atreva a contarlo. La prioridad no es corregir la práctica, sino cerrar la boca que la nombra.
Al final, el mensaje es nítido: la lealtad no es un valor; es un contrato. Y como todo contrato criollo, se cumple mientras haya poder para cobrarse. Si no, no hay debate, no hay revisión, no hay mea culpa: hay puerta.
La política dominicana sigue siendo el único empleo donde te exigen confidencialidad como banco suizo… con salarios de colmado y amenazas de conuco. Si perdemos en el 28, dicen, «van a desear los descuentos». O sea: «no te quejes del pellizco, que todavía no has probado el machetazo».