Por Luis Casimiro Porelojo
21 de enero de 2026
Danilo Medina se paró frente a los micrófonos con la solemnidad de quien anuncia tormenta en alta mar. Dijo que la República Dominicana «luce sin rumbo». Lo dijo serio. Lo dijo convencido. Lo dijo mientras sus lentes parecían colgar de un hilo, como si también ellos dudaran de hacia dónde mirar.
Según el exmandatario, el país va a la deriva: el crecimiento baja, la demanda se cae, las ventas bostezan. En cambio, todo lo que sube —la deuda, los intereses, el déficit, los precios— sube con entusiasmo olímpico. Y claro, los escándalos aparecen «por todas partes», como boyas mal colocadas en un mar que nadie ordenó.
Hasta ahí, la parte meteorológica.
Lo curioso es el narrador. Porque mientras el capitán jubilado señala el horizonte con voz grave, uno no puede evitar notar que el único que parece verdaderamente desorientado es él. Danilo habla como si el timón fuera hereditario, como si el barco presidencial solo respondiera a su GPS personal, calibrado en Palacio durante años de navegación…
Para Danilo, el «relanzamiento» del gobierno es «cosmético». Tres cambios no mueven la aguja, dice. Se le olvidó que el dejó a su hermana como legisladora, Lucia «Yomaira mochila» Medina, aún después del desastre con las mochilas y el audio amenazando a personas de su partido si conseguían votos. Tal vez esperaba un relanzamiento más familiar: cambiar todo para que no cambie nada, pintar el casco, mantener la tripulación y seguir cobrando el viaje. Eso sí era rumbo. Eso sí era brújula.
Advierte también que nadie quiere invertir porque hay incertidumbre. Lo dice alguien que convirtió la deuda en política pública y el endeudamiento en método de navegación: pedir prestado para pagar intereses, y pagar intereses para poder pedir prestado otra vez. Un carrusel fiscal que, visto desde lejos, parece un parque de diversiones… visto de cerca, un mareo.
La reforma fiscal, sentencia, no tiene autoridad moral. Y ahí el silencio pesa más que el discurso. Porque cuando la autoridad moral se invoca como si fuera un chaleco salvavidas, suele ser porque el agua ya está entrando por la borda.
Danilo asegura que el PLD es una oposición responsable, sensata, casi contemplativa. No busca ventaja política, dice. Solo señala, advierte, lamenta. Pero se le olvida que se le acabó el saldo moral para poder ser tomado en cuenta. Como quien prende la sirena después del choque y pregunta, con tono filosófico, quién habrá dejado el semáforo en rojo.
Al final, juramenta jóvenes. Trescientos nuevos marineros para el viejo barco. Les promete oportunidades, crecimiento, futuro. Les vende la idea de que antes «se vivía mejor». No dice para quién, ni a qué costo, ni con cuántos préstamos de por medio. Pero lo dice con la seguridad de quien cree que el pasado siempre fue un puerto más ordenado… porque era suyo.
Danilo Medina mira al país y ve caos. El país lo mira a él y ve nostalgia con micrófono. Ambos hablan de rumbo. Solo uno parece no aceptar que el mapa cambió, el timón ya no está en sus manos y que, a veces, el verdadero extravío no es del barco, sino del capitán que se niega a bajarse.