Por ESENDOM
28 de enero de 2026
Una sátira ESENDOM sobre la gerencia que juega ajedrez… pero con piezas de dominó mojadas.
Dice el refrán que «el que ríe de último, ríe mejor». En Boston lo tradujeron a su idioma corporativo: «el que ríe de último es porque Recursos Humanos le apagó el micrófono a los demás.» Y así, Rafael «Carita» Devers terminó haciendo lo único sensato en todo este guion: reírse.
Porque cuando Alex Bregman firmó con los Cubs el 14 de enero, Boston quedó como el perro dominicano de los dos huesos: mirando el reflejo en el agua, soltó el hueso real… y el reflejo también se le fue. Resultado: ni Devers ni Bregman. Un equipo con nostalgia de tercera base, una fanaticada con gastritis, y una gerencia explicando la jugada como si el problema fuera que la gente «no entiende el plan».
Boston descubrió que la “vibra” no se firma en agencia libre
Devers era la cara del equipo. Producto de la casa. Ídolo de estadio lleno 81 veces al año. Pero llegó la nueva administración con su PowerPoint emocional: «Hay que cambiar la vibra.»
Traducción: «Vamos a arreglar lo que no está roto porque nos da ansiedad ver a alguien feliz en el trabajo.»
Decidieron ir por Bregman, el veterano premium, la pieza «seria», el «adulto en el cuarto». Y con esa sola intención, Boston ya estaba cocinando una de esas decisiones históricas que luego se explican con documentales, violines y lágrimas en ESPN: «¿Cómo perdimos a nuestro jugador franquicia sin ganar nada?»
El drama: una telenovela con guantes y cláusulas
Primero le dijeron a Devers: “Tú eres el antesalista. Nadie te mueve.”
Devers: “Duro. Firmo.”
Boston (dos segundos después, en cuanto un periodista estornuda): “Mira… tú sabes… vamos a hablar de primera base.”
Aquí es donde la gerencia se pone creativa: intentaron convencerlo de jugar una posición que ellos mismos habían insinuado que no debía jugar. Después de un tira y jala, lo mandan a bateador designado “a tiempo completo”.
Traducción: “Te vamos a estacionar como carro mal parqueado: no estorbes, pero no te vayas.”
Y cuando se lesiona Triston Casas, la gerencia activa el modo “improvisación dominicana”, pero con acento de Harvard:
“Devers, vuelve a primera.”
Y de fondo, Craig Breslow —CBO, Chief Baseball Officer, Chief Blame Officer, Chief “Bro, confía”— soplando el viento fino del PR: si algo sale mal, el problema es Devers.
El «divorcio» más barato desde la guagua pública
Para junio ya no quedaba diálogo: quedaba abogado.
Y ahí viene el cambio del siglo: Devers a San Francisco por un paquete que, en buen dominicano, suena a:
una chata de lava gallo
un cigarrillo fumado a medias
un chicle mascado
cinco pesos… y gracias por su preferencia
La fanaticada estaba tan encendida que si los cortaban, no botaban sangre: botaban cloro.
Y lo mejor: Devers venía de una extensión de 10 años y $313.5 millones. Era la cara, el motor, el último sobreviviente emocional del 2018. Pero Boston decidió que la lealtad es bonita… hasta que estorba el Excel.
Devers se montó en un avión rumbo a San Francisco y terminó el año callando bocas con números de estrella: .252, 35 HR, 109 RBI, 99 R, 112 BB. O sea: produjo, se adaptó, y dejó a Boston con su teatro.
Paréntesis breve: Breslow y la Ivy League del disparate
Hay gente que cree que un diploma caro protege contra decisiones malas. Falso. Lo que protege es humildad, y eso no lo dan ni en Yale con beca.
La “verdad absoluta” de este episodio es simple: el tiempo está invicto. Y el tiempo dictó sentencia: Boston se quedó sin Devers… y sin Bregman.
Es decir: planificaron para tener dos opciones y terminaron con cero. Eso no es mala suerte: eso es talento gerencial al revés.
El huevo de avestruz
Y entonces llegó el 14 de enero de 2026. Bregman firma con los Cubs. Y en Boston alguien descubre lo obvio como si fuera ciencia:
«Espérate… ¿y quién juega tercera?»
Ahí fue que Breslow se dio cuenta de que puso un huevo. Pero no un huevo normal: un huevo de avestruz. Grande, pesado, imposible de esconder, y con toda la ciudad mirándolo como diciendo:
«¿Y ahora qué tú vas a hacer con eso, mi hermano?»
Mientras tanto, «Carita» —tranquilo, lejos del drama, con la bahía de San Francisco de fondo— se ríe como el que ya entendió la verdad final del béisbol moderno:
En MLB tú no necesitas que te respeten. Tú necesitas que se equivoquen contigo… y luego mirarlos desde arriba del marcador.
Y Boston, como el perro de los dos huesos, se quedó mirando el agua. Sin hueso. Sin reflejo. Y con un majarete en las manos que no cuaja, porque lo movieron demasiado.