Por ESENDOM
6 de enero de 2026
En Gracias, Come Again, Honey Germán recibe a Vakeró no para celebrar glorias pasadas, sino para poner sobre la mesa una pregunta incómoda y necesaria: ¿por qué sigue importando hoy? La conversación cruza escenario y calle, estética y ética, familia y oficio, para dibujar el retrato de un artista que convirtió la consistencia en método y la evolución en norma. Lejos del inventario de éxitos, esta entrevista examina vigencia, responsabilidad y futuro—con la diáspora como termómetro—y deja claro que el legado de Vakeró no se mide por nostalgia, sino por la capacidad de crecer en público sin perder identidad.
Honey Germán, la anfitriona de Gracias, Come Again no pierde tiempo al abrir el episodio: «Hoy es un día súper importante. Tenemos una leyenda. Un icono… Artista fashionista. Bienvenido, Vakeró». Desde esa bienvenida queda claro que esta no será una conversación nostálgica sobre tiempos mejores—es un análisis de por qué Vakeró sigue siendo relevante.
El Prudential Center y el peso de la consistencia
La entrevista arranca con la resaca emocional del Prudential Center, donde Vakeró se presentó recientemente en un evento que describió como particularmente dominicano, con público mayormente caribeño congregado en un mismo espacio. Pero lejos de romantizar la experiencia, el artista la plantea como examen profesional.
Confiesa que el nervio previo nunca desaparece—y que si algún día lo hace, eso marcará su retiro. Ese temblor, explica, es parte del compromiso con el público. También admite haberse sorprendido por el recibimiento de «Arte», sencillo que describe como nacido «desde lo más profundo» y que se convirtió en momento destacado de esa noche.
Para una comunidad en el exterior que ha convertido escenarios en extensiones del patio dominicano, ese detalle importa: el artista no está pasando lista de éxitos—está midiendo si su obra nueva conecta con una comunidad que cambia, migra, regresa y se reinventa.
Estética como autonomía
Cuando lo llaman «fashionista», Vakeró aprovecha para aclarar su postura: no persigue moda, persigue estilo. Se describe como alguien que «siempre ha sido» él, y la ropa opera como extensión de identidad, no disfraz. Menciona cómo esa lectura pública creció tras experiencias de alfombra y comentarios mediáticos que lo ubicaron entre los mejor vestidos.
En clave dominicana, ese discurso tiene subtexto generacional: la música urbana local nació en tensión con el prejuicio, y muchos artistas aprendieron a usar la estética como forma de reclamar espacio. En Vakeró, la estética no compite con la música; la acompaña como narrativa de autonomía. «Eres un individuo… te pones lo que te gusta».
Legado sin remordimientos
Uno de los pasajes más reveladores llega cuando Vakeró define «legado»: quiere envejecer tranquilo, sin el remordimiento de haber grabado canciones que afecten «de manera negativa» a la sociedad. La anfitriona refuerza esa lectura, señalando que cuando se habla de él, su música llega con «arte» y «lírica», no con negatividad.
Ese punto es crucial en el debate dominicano sobre música urbana: entre quienes la acusan de normalizar violencia y quienes la defienden como crónica social, Vakeró se ubica en tercera zona—la del artista que no evade la calle pero tampoco se desentiende del impacto.
Sobre su lugar histórico, su respuesta sorprende por humildad estratégica. En cuanto el «título» de pionero, lo rechaza: aceptarlo sería dejar fuera a quienes merecen ese crédito primero. En vez de colgarse la medalla, propone otra formulación: quizá fue de los que «capitalizó» la movida y ayudó a convertirla en negocio. Ese matiz no es menor: reconoce que la industria se construye con talento, sí, pero también con decisiones de trabajo, riesgo y continuidad.
Familia y belleza natural contra la norma
Si hay un momento donde Vakeró se sale del guion de celebridad típico, es cuando la conversación aterriza en su hogar. El dato—11 hijos—entra con naturalidad, casi como chiste interno, pero se vuelve marco para entender su disciplina emocional.
Honey Germán conecta esto con la presencia de su esposa Yannely Medina en el video, resaltando una estética «natural» que va contra la presión cotidiana de transformaciones cosméticas. Vakeró lo traduce a lenguaje social: afirma que en República Dominicana «está imperando… el machismo» y que eso empuja a muchas mujeres a cambios físicos para sentir pertenencia.
Su defensa de la pareja no se queda en lo físico: elogia lo invisible en redes—la madre que se desvela sosteniendo rutinas escolares mientras él llega de un show de madrugada. En un país donde la conversación sobre masculinidad a menudo se queda en consigna, este tipo de testimonio con contradicciones humanas incluidas, funciona como señal cultural: la «evolución» también es doméstica.
Memoria del esfuerzo y 2026
Vakeró no cuenta su historia como cuento de hadas; la cuenta con detalles de economía popular dominicana. Evoca trabajos pasados y aparece una imagen que cualquiera que creció «apreta’o» entiende: vender uvas y manzanas en Navidad, y la carga simbólica de esa fruta en hogares donde una manzana podía sentirse «lejos». Germán lo dice claro: hay experiencias dominicanas que quien no vivió precariedad o no creció en RD simplemente no descifra.
Esa memoria del esfuerzo explica por qué, cuando habla de futuro, no vende humo: habla de proyectos concretos. Para 2026, menciona un álbum grabado con Maffio que lleva años guardado, y enumera colaboraciones que, de materializarse, lo colocan en conversación transnacional. Germán resume lo que la comunidad en el exterior suele sentir cuando un artista «de aquí» ocupa ese espacio: que su música los hace sentirse «identificados… como dominicanos… y como parte de la diáspora».
Conclusión
Lo que deja esta entrevista no es postal nostálgica sino argumento: Vakeró no es solo «pionero» ni solo «leyenda» por antigüedad. Es un artista que, en vez de congelarse en su mejor momento, decidió crecer en público—con familia, con responsabilidad, con estética propia, y con un 2026 que promete recordarnos por qué algunas carreras no capturan instantes: construyen eras.