Por Panocho Pechocho
11 de marzo de 2026
Luis Abinader fue a Miami a cumplir con la nueva tradición del poder dominicano: posar donde haya cámara, bandera y posibilidad de titular.
El viernes lanzó la primera bola en el Clásico Mundial; el sábado ayudó a lanzar una coalición militar con nombre de videojuego: «Escudo de las Américas».
En menos de 24 horas pasó de hablarle al corazón dominicano con béisbol a hablarle al imperio con tono de socio confiable.
La gira dejó claro que en 2026 la diplomacia regional también se juega como pelota: con uniforme prestado, mucho espectáculo y la esperanza de que nadie pregunte quién pone el brazo.
Miami, Florida. Hay presidentes que inauguran escuelas, otros que inauguran hospitales y otros que inauguran obras. Luis Abinader, hombre de su tiempo y de su algoritmo, entendió que en el siglo XXI lo que verdaderamente inaugura una gestión es una buena foto. Por eso fue a Miami a cumplir dos deberes patrióticos de altísima prioridad nacional: tirar la primera bola en el Clásico Mundial y, de paso, tirar también unas cuantas ideas en una cumbre de seguridad hemisférica organizada por Donald Trump.
Porque una cosa está clara: si República Dominicana no aparece en una tarima, un estadio o un salón con banderas detrás, al parecer no existe.
El viernes, Abinader se paró en el loanDepot Park y lanzó la primera bola del debut dominicano ante Nicaragua. Manny Machado la recibió detrás del plato. El presidente, satisfecho, dejó saber que fue strike. Y está bien. En este país uno no desperdicia la oportunidad de cantar un strike, sobre todo cuando el presupuesto, la frontera, la criminalidad y la factura eléctrica a veces tiran más bien para la tierra.
La escena fue perfecta. Machado detrás del plato. El presidente en la lomita. Los ministros al lado. La comunidad en el exterior emocionada. La bandera ondeando. Todo muy calculado para recordarle al dominicano promedio que el béisbol sigue siendo la única institución que despierta más fe que las promesas de campaña. Allí estaba el país emocional: el de Soto, Tatis, Julio Rodríguez, los coros en las gradas y la nostalgia organizada en formato de estadio.
Pero Abinader no fue a Miami solo a tirar una pelota. Fue también a lo suyo: a confirmar que en la política moderna hay que saber moverse del diamante al salón de conferencias sin despeinarse ni cambiar de sonrisa. Si el viernes lanzó una bola ceremonial, el sábado se apareció en Trump National Doral a firmar una proclamación para una coalición militar regional contra el narcotráfico.
Lo notable no fue la velocidad del traslado. Fue la naturalidad con que se vendió la transición. Como si pasar de la euforia del Clásico a una cumbre de seguridad convocada por Trump fuera la continuación lógica del calendario dominicano. Como si el programa oficial dijera: 6:00 p. m., himno nacional; 8:00 p. m., fotos con peloteros; 10:00 a. m. del día siguiente, firma para «usar fuerza militar letal» en el hemisferio. Todo normal. Todo orgánico. Todo contenido apto para redes.
La coalición, bautizada «Escudo de las Américas», suena menos a estrategia diplomática que a expansión premium de un videojuego de guerra. Pero ahí estaba Abinader, firmando junto a un club ideológicamente curado de mandatarios de derecha y centroderecha, en una mesa donde no estaban México, Brasil ni Colombia, como para que quedara claro que no se trataba exactamente de «las Américas», sino de una selección invitacional con dress code político.
Trump, por supuesto, hizo de Trump. Habló de fuerza letal, carteles, terroristas, inmigración y de salvar el continente con el entusiasmo de quien siempre encuentra una causa hemisférica compatible con una foto presidencial en su resort. Y Abinader, disciplinado, estampó la firma. Porque en esta etapa del liderazgo regional, la soberanía parece consistir en escoger con cuál potencia uno sale mejor encuadrado.
Ahí está la genialidad de la jugada. En un mismo fin de semana, Abinader logró verse como jefe de Estado sentimental y como socio geoestratégico. Primero abrazó la dominicanidad portátil de Miami; después abrazó la seguridad hemisférica en versión club ejecutivo. Primero le habló al orgullo de la comunidad en el exterior; después le habló al lenguaje favorito del poder continental: narcotráfico, frontera, control, cooperación, amenazas, entrenamiento, despliegue y todas esas palabras que siempre suenan importantes aunque nadie explique del todo quién manda, quién paga y quién termina obedeciendo.
La pregunta de fondo, claro, no cabe en la foto. Nunca cabe. ¿Qué gana realmente República Dominicana al firmar esta proclamación? ¿Más apoyo? ¿Más presión? ¿Más entrenamiento? ¿Más dependencia? ¿Más capacidad operativa? ¿Más titulares? Porque una cosa es sentarse en la mesa, y otra muy distinta es no terminar en el menú.
En clave dominicana, el asunto tiene su picante. Aquí todo lo que suene a cooperación militar externa activa memorias, susceptibilidades y un reflejo básico de supervivencia histórica. Este país sabe demasiado bien que las grandes doctrinas hemisféricas casi siempre llegan envueltas en palabras nobles y terminan cobrando intereses en soberanía. Pero también sabe que ningún gobierno quiere verse flojo ante el narcotráfico, las rutas marítimas, el lavado de activos o el caos regional. Entonces se firma. Se posa. Se declara. Y después se deja que el debate lo resuelvan otros, preferiblemente cuando ya haya cambiado el ciclo de noticias.
Lo más dominicano de todo no fue el Clásico ni la cumbre. Fue el doble lenguaje. Porque el país que se vende al mundo como potencia de alegría, música, béisbol y turismo también quiere venderse como plaza seria de seguridad, aliado confiable y muro de contención caribeño. Una mano en el pecho para el himno; la otra lista para firmar la próxima arquitectura regional que llegue con logo en inglés.
Miami le sirvió a Abinader para ensayar dos papeles en una sola gira: capitán moral de la patria beisbolera y relevista útil en el libreto de Washington. Y hay que reconocerle algo: entiende el espectáculo. Sabe que en estos tiempos la política no se mide solo por resultados, sino por escenas memorables. Un strike televisado vale más que una explicación incómoda. Una firma en Doral luce más estadista que una rueda de prensa aclarando implicaciones legales. El truco no es gobernar entre contradicciones. El truco es hacerlo con buena iluminación.
Al final, el presidente volvió a demostrar que la política dominicana moderna ya no distingue tanto entre ceremonia y estrategia. Todo es puesta en escena. Todo es narrativa. Todo es pitch.
El viernes tiró la primera bola. El sábado pitchó la idea de que República Dominicana puede jugar en dos ligas a la vez: la del orgullo nacional y la del orden hemisférico. Ahora falta ver si, cuando pase el ruido del estadio y se apaguen las luces del resort, el país ganó algo más que una foto bonita y una firma con eco imperial.