Por Panocho Pechocho
18 de marzo de 2026
República Dominicana llegó invicta hasta la semifinal, convirtió el juego contra Estados Unidos en un lleno total de 36,337 fanáticos y en el partido más visto en la historia del Clásico Mundial.
La semifinal rompió el récord de audiencia del torneo con 7.369 millones de espectadores, 6.864 millones en FS1 y un pico de 8.170 millones justo en el final.
Dominicana perdió 2-1, pero el último strike a Geraldo Perdomo dejó más dudas que paz: el propio Perdomo dijo después que sabía “100%” que era bola.
Estados Unidos eliminó a Quisqueya, soportó nuestras celebraciones con visible estrés cultural… y dos días después perdió la final 3-2 ante Venezuela.
La República Dominicana hizo en este Clásico lo que mejor sabe hacer: ganar, gozar, hacer bulla, repartir jonrones y celebrar cada jugada como si el béisbol hubiera sido inventado en un colmado entre San Pedro y Santiago. El equipo llegó invicto a la semifinal, con swagger, con sazón, con pecho inflado y con esa seguridad típica del dominicano cuando ya está viendo el futuro… aunque todavía falten nueve outs peligrosos.
Y claro, ahí estuvo el detalle.
Porque nosotros tenemos una costumbre nacional muy seria: no esperamos a que la cena esté servida para sacar los platos. Con que huela bien, ya estamos diciendo “esto es de nosotros”. Este equipo celebró como celebra Dominicana: con emoción visible, con alegría sin permiso y con la tranquila convicción de que si tú no aguantas un baile después de un jonrón, ese es tu problema emocional, no el nuestro.
Pero parece que en ciertos sectores de Estados Unidos no están acostumbrados a esa abundancia de Caribe por entrada. Les gusta el béisbol, sí, pero preferiblemente con cara seria, celebración limitada y entusiasmo certificado por notario. El dominicano, en cambio, no vino a comportarse como si estuviera en una reunión de presupuesto. Vino a jugar pelota con nacionalidad completa.
Lo irónico es que mientras algunos se quejaban del “show” dominicano, el show lo estábamos cargando nosotros. El juego entre República Dominicana y Estados Unidos no solo llenó el loanDepot Park con 36,337 personas; también rompió el récord histórico de audiencia del Clásico Mundial con 7.369 millones de espectadores. En FS1 metió 6.864 millones, la cifra más alta para la cadena desde 2019, y el pico llegó a 8.170 millones entre las 11:00 y las 11:08 de la noche, justo cuando el drama estaba en su punto más alto. O sea: hasta perdiendo, Dominicana sigue siendo prime time.
Porque esa es la parte que no se puede maquillar: Estados Unidos ganó en la pizarra, pero el acontecimiento lo puso Dominicana. La atmósfera, el ruido, la tensión, el orgullo de la comunidad dominicana en el exterior, la vibra de final aunque fuera semifinal… todo eso tenía ADN dominicano. Hasta Aaron Judge dijo que el ambiente se sintió más grande y mejor que una Serie Mundial. Traducción libre: sin nosotros, el espectáculo baja dos pisos.
Ahora, vamos al cierre, que fue donde el béisbol dejó de parecer deporte y pasó a parecer trámite migratorio.
Con la carrera del empate todavía respirando, Geraldo Perdomo vio un pitcheo de 3-2 que terminó abajo. Abajo de la zona. Abajo del alma. Abajo de todo. Pero el árbitro lo cantó strike tres. Se acabó el juego, se abrió el debate y se encendió el coro nacional de “nos tumbaron”. Perdomo después dijo lo que vio medio planeta: que sabía “100%” que era bola. Y la verdad es que la jugada quedó tan fea que ni la victoria estadounidense salió limpia. Ganaron, sí. Pero ganaron dejando la impresión de que en el momento decisivo apareció esa vieja tradición imperial de acomodar el escritorio antes de firmar el resultado.
No, no estamos diciendo oficialmente que hubo un plan de Estado para asegurar la presencia de Estados Unidos en la final. Estamos diciendo algo más dominicano y más útil: que cuando el último strike parece bola desde todos los ángulos, uno empieza a sospechar que la zona también tiene bandera.
Pero tampoco vamos a salir de santos. A Dominicana le faltó una carrera, un hit grande, menos desfile anticipado y más ejecución con hombres en base. Esa parte también es verdad. Nos reímos de nosotros mismos porque la selección celebró como si el trofeo ya estuviera escogiendo apartamento en Naco. Y después pasó lo que pasa cuando el béisbol decide recordarte que la confianza no empuja carreras.
La parte sabrosa vino después. Estados Unidos salió de la semifinal creyéndose dueño del libreto, aguantó nuestras fiestas, recibió el beneficio del caos arbitral y avanzó a la final. ¿Y para qué? Para perder 3-2 ante Venezuela. O sea: tanto esfuerzo para bajarle el volumen a Dominicana, y al final el título se les fue de las manos igualito.
En resumen, la historia quedó perfecta para archivo dominicano: llegamos invictos, llenamos Miami, rompimos el récord de audiencia del Clásico, pusimos a medio país ajeno incómodo con nuestra alegría, nos eliminaron con un strike sospechoso y luego el verdugo se quedó sin corona. Francamente, perder así sigue doliendo. Pero duele un chin menos cuando el que te saca tampoco puede celebrar al final.