Por ESENDOM
6 de febrero de 2026
Lo que debes saber
El locutor neoyorquino Evan Roberts (WFAN) relanzó el debate con una pregunta viral: «¿Qué tan eléctrico sería que República Dominicana fuera una ciudad de expansión?» Él mismo puso el freno: el obstáculo no es geográfico, es financiero.
Rob Manfred ha confirmado su intención de seleccionar dos franquicias de expansión antes de dejar el cargo en enero de 2029. Las candidaturas más sólidas se concentran en mercados de EE. UU.
La cuota de entrada ronda los US$2,200 millones, sin contar estadio ni nómina.
RD aporta cerca del 10% de la participación ofensiva de MLB por país de nacimiento en 2025, pero su mercado interno tiene límites reales: 11,4 millones de habitantes y un PIB per cápita de aproximadamente US$10,876 (2024).
El Estadio Quisqueya tiene capacidad para 13,186 espectadores. Una franquicia MLB requeriría un parque nuevo y un modelo de ingresos que no dependa del bolsillo dominicano promedio.
Más allá de la viabilidad financiera, una franquicia MLB podría desestabilizar el ecosistema del béisbol dominicano que ya existe: LIDOM, la Liga de Verano Dominicana y la red de academias que sostienen el desarrollo de talento.
La pregunta llegó desde un lugar simbólico: la radio deportiva de Nueva York. En WFAN, Evan Roberts lanzó la provocación: «¿Qué tan eléctrico sería que República Dominicana fuera una ciudad de expansión?» Y él mismo cortó el vuelo: no es un problema de geografía; es un problema de dinero.
La idea no surge del vacío. Si hay un país fuera de Estados Unidos donde el béisbol es identidad nacional, conversación cotidiana y promesa de movilidad social, es República Dominicana. Los números lo respaldan: en 2025, los peloteros dominicanos superan el 10% de la participación ofensiva de la liga por país de nacimiento. Pero una cosa es ser la cantera del juego, y otra muy distinta sostener su maquinaria financiera.
La expansión que quiere Manfred… y el filtro real
Manfred ha reiterado su objetivo de cerrar dos nuevas franquicias antes de retirarse en enero de 2029. Eso ha activado candidaturas conocidas —Nashville, Salt Lake City y otras ciudades de EE. UU.— porque MLB no busca «amor por el béisbol»: busca propietarios con capital, estadio propio y un mercado mediático que pague derechos de transmisión. A eso se suma que cualquier expansión tocará la negociación colectiva con el sindicato de jugadores, cuyo próximo vencimiento estructural añade otra capa de complejidad.
El primer muro: la cuota de entrada
El rango que circula en el debate público es de US$2,200 millones solo por el derecho de admisión, antes de construir un estadio u operar una nómina. Ese número descarta de entrada al «país» como unidad de compra. La pregunta correcta no es «¿puede RD tener un equipo?», sino: ¿existe algún consorcio multimillonario dispuesto a financiarlo y asumir el riesgo en ese mercado?
El segundo muro: el estadio
El Estadio Quisqueya es un ícono cultural, pero con 13,186 asientos y una infraestructura diseñada para la LIDOM —no para 81 juegos de local al año— se queda muy por debajo de la escala MLB. Una franquicia vive de los ingresos dentro del parque: palcos corporativos, suites, patrocinios in situ, retail, hospitality y eventos durante todo el año. Construir un parque «MLB-ready» en RD no es un proyecto de cemento: es un proyecto de financiamiento, permisos, vialidad, seguridad y desarrollo de un distrito de entretenimiento completo. En el mercado norteamericano, un estadio de primer nivel puede acercarse a los miles de millones de dólares.
El tercer muro: el mercado
Una franquicia MLB necesita que su entorno pague en tres frentes: derechos locales de TV y streaming, boletos a precios sostenibles y patrocinio corporativo robusto. Con 11,4 millones de habitantes y un PIB per cápita de aproximadamente US$10,876, RD no carece de consumo, pero el ticket promedio de MLB y los paquetes de transmisión que sostienen a las franquicias en EE. UU. no pueden trasladarse linealmente a un mercado con otra estructura salarial. Dicho sin rodeos: RD no puede sostener un equipo de MLB «con el apoyo del pueblo», no a precios de MLB, no con 81 juegos por temporada.
El cuarto muro: vivir en RD tiempo completo
En el debate radial se mencionó también la cuestión de que un roster completo tendría que residir en el país. Aunque muchos peloteros dominicanos pasan aquí la temporada muerta, MLB opera con casi todos sus jugadores, incluidos extranjeros con familia, hijos en escuela, necesidades de salud y distintas percepciones de riesgo. Si una parte significativa de los agentes libres exige primas para firmar, el equipo paga más por el mismo talento, agravando el problema financiero de base.
Pero los obstáculos financieros y logísticos son solo la mitad de la historia. Antes de hablar de lo que una franquicia MLB traería, hay que hablar de lo que destruiría.
El quinto muro: lo que una franquicia MLB le haría al béisbol dominicano que ya existe
LIDOM: el primer damnificado
La Liga de Béisbol Profesional de la República Dominicana —LIDOM— no es solo una liga de invierno; es una institución cultural con décadas de historia, identidad regional y fanaticadas leales. Águilas Cibaeñas, Leones del Escogido, Tigres del Licey: estos nombres generan pertenencia a una escala que ninguna marca importada puede replicar de inmediato.
Una franquicia MLB operando 81 juegos de local compite directamente por el mismo fanático, el mismo patrocinador corporativo, el mismo espacio en los medios locales y la misma billetera. Con la diferencia de que MLB llega con músculo financiero infinitamente superior. El resultado más probable no es coexistencia: es asfixia. LIDOM podría ver sus asistencias desplomarse, sus contratos de TV debilitarse y su capacidad de retener talento local erosionarse aún más. Una liga que históricamente ha servido como escaparate para peloteros veteranos y punto de reconexión entre el béisbol y la comunidad dominicana quedaría en posición extremadamente vulnerable.
La Liga de Verano Dominicana: una pieza que se mueve con todo
La Dominican Summer League (DSL) —operada por MLB desde sus academias en el país— es el primer peldaño formal para miles de prospectos internacionales cada año. Hoy conviven en el territorio dominicano más de 25 academias de equipos de Grandes Ligas, todas construidas sobre un modelo que asume que la RD es cantera, no sede.
Si uno de esos 30 equipos se convierte en franquicia local, el ecosistema entero se reconfigura: ¿cómo se gestionan los conflictos de interés entre el equipo local y las academias de otros? ¿Qué pasa con las reglas de elegibilidad de prospectos dominicanos? ¿Se altera el sistema de bonos internacionales, que ya es fuente de tensión permanente entre MLB y la MLBPA? La presencia de una franquicia no simplifica el desarrollo de talento dominicano; lo complica estructuralmente.
Y hay un punto más incómodo: los jugadores de la DSL perciben salarios mínimos —históricamente en el rango de unos pocos cientos de dólares al mes— mientras operan en el mismo país donde jugaría un equipo de MLB con nóminas de decenas de millones. Esa brecha, visible y local, no es solo una incomodidad ética: es una bomba de tiempo en términos de imagen y negociación colectiva.
El sexto muro: seguridad, recursos del Estado y el costo invisible
Aquí entra una variable que el debate romántico suele omitir por completo: ¿quién paga la seguridad?
Una franquicia MLB en RD no es solo un estadio con 30,000 asientos llenos de fanáticos locales. Es un roster con jugadores internacionales —muchos estadounidenses, venezolanos, cubanos, japoneses— con contratos millonarios, familias, agentes y cláusulas de seguridad personal. Es un flujo constante de turismo deportivo con visitantes extranjeros que llegan a ver a sus equipos en serie, con expectativas de infraestructura, transporte y protección equiparables a las de cualquier ciudad de EE. UU.
Garantizar eso en el contexto dominicano requiere un despliegue significativo de recursos estatales: seguridad perimetral del estadio, escoltas, coordinación entre Policía Nacional, cuerpos especializados y eventualmente agencias federales extranjeras. Ese despliegue tiene un costo real, medido no solo en presupuesto sino en recursos humanos redirigidos.
La pregunta que nadie hace en los estudios radiofónicos de Nueva York es la más directa: ¿más policías en el estadio significa menos policías en los barrios? ¿Más inversión pública en infraestructura deportiva de primer nivel significa menos inversión en salud, educación o vivienda para la mayoría de los dominicanos que nunca pisarán ese estadio?
En un país donde el gasto social per cápita enfrenta limitaciones estructurales, la llegada de una operación de la escala de MLB no es neutral. Genera externalidades que recaen sobre quienes menos se benefician del espectáculo.
El béisbol dominicano como recurso, no como receptor
Hay una ironía en el centro del debate: el modelo actual —RD como academia global del béisbol— ya genera tensiones sobre quién se beneficia del talento producido aquí. Los bonos de firma, las condiciones en las academias y la protección legal de prospectos menores de edad han sido objeto de escrutinio creciente por parte de organizaciones de derechos y del propio sindicato de jugadores.
Traer una franquicia MLB no resuelve esa ecuación; la intensifica. La República Dominicana pasaría de ser exportadora de talento a ser también sede de operaciones, sin que eso se traduzca necesariamente en mayor retención de valor económico para la comunidad que produce ese talento desde los 14 años en los playgrounds de San Pedro de Macorís, Moca o La Romana.
Entonces, ¿qué sí es realista?
Una franquicia «100% dominicana» financiada por el mercado local: no. Pero hay escenarios intermedios con viabilidad real:
Más series oficiales de MLB en Santo Domingo bajo el modelo «eventizado» de Londres o Ciudad de México, donde los ingresos provienen de MLB, patrocinadores globales y turismo deportivo. ∙ Fases del Clásico Mundial de Béisbol con infraestructura mejorada, que requieren estadio pero no la economía completa de una franquicia. ∙ Un proyecto de franquicia solo sería viable si el «mercado» real incluye a la diáspora dominicana en EE. UU. como base de derechos mediáticos, con propiedad multimillonaria y un acuerdo específico con MLB y la MLBPA para operación internacional.
La conclusión es directa: pasión no paga nómina. RD puede ser el corazón del béisbol mundial, pero para ser sede permanente de MLB necesita capital, medios y estructura a escala de primer mundo —o un modelo híbrido donde el dinero principal no dependa del fanático dominicano promedio. Y antes de llegar ahí, cualquier plan serio tendría que responder una pregunta que rara vez se formula en inglés: ¿qué le haría una franquicia MLB al ecosistema de béisbol dominicano que ya funciona, ya forma talento y ya tiene nombre propio?
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