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Cultura y conciencia

Historia de vida: Los dinosaurios van a desaparecer

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Por Graciela Azcárate
19 de julio de 2018

«Los amigos del barrio pueden desaparecer
La persona que amas puede desaparecer
Pero los dinosaurios van a desaparecer
»

Charly Garcia

Alumbra bolero la vellonera/ todos pasan al centro/ como empujados por /la peor desgracia…

Glaem Parls

Era un domingo de mayo del 2018, con una bella luna nueva, después de haber visto el video de un taller artesanal de literatura, en Buenos Aires, gestionado por un grupo de artistas caribeños y especialmente dominicanos me pidió amistad Daniel Infante.

Un nombre al revés que me daba mucho trabajo descifrar.

La vieja dinosauria había salido a la superficie y pequeños cetáceos poéticos la rodeaban con cariño. La pobre dinosauria se acordó de Pedro Henríquez Ureña y de un joven Ernesto Sábato  al que casi en confesión le responde, cuando este le pregunta por qué hace el sacrificio de ir a La Plata, a enseñar literatura a un liceo, desde Buenos Aires y con ese largo viaje. Él le contestó que porqué entre todos esos jóvenes podía haber un escritor en ciernes. Y que bien valía el sacrificio de montarse en un tren en Buenos Aires y recorrer las dos horas hasta llegar a La Plata. 

Se murió en 1946, en el andén de la estación de tren de La Plata a Buenos Aires, de un paro cardiaco, después de dar clase en la secundaria, corriendo detrás del tren en marcha, para no perderlo.

¿Puede ser una premonición, puede ser una sincronía puede ser una luz al final del túnel? O puede ser que como en el poema «irás contra la muerte y el olvido. Vivirás mientras alguien viva y sienta y esto pueda vivir y te dé vida.»

Lo que esos muchachos me contaron es que son profesionales dominicanos, arquitectos, profesores de español, traductores, escriben poesía, traducen a Jacques Viau y mientras dan clases de arquitectura, de traducción, de literatura española, regados por el mundo en Buenos Aires, en Chicago, en Nueva York, en Puerto Rico, crean pensando en su pasado ancestral. 

Como Pedro Henríquez Ureña, toman un tren de larga distancia, ahora virtual, cibernético, y desde el Caribe, que no sólo exporta «mojaitos», pobres de solemnidad, hombres y mujeres sin trabajo, prostitutas o chulos del narco,  ellos exportan poesía, novelas, textos traducidos,  relatos inconformes de «mucha gente sin voz», dibujos a lápiz «aggiornados» por las nuevas técnicas del pixel, o dedican su doctorado en arquitectura a un arquitecto dominicano de nombre Ququi Batista.

 Pedro Heriquez Ureña con los demás fundadores de la revista Sur en 1931./Fuente:Cielonaranja.

Pedro Heriquez Ureña con los demás fundadores de la revista Sur en 1931./Fuente:Cielonaranja.

Es el Caribe proteico de otros dinosaurios fantásticos como Alejo Carpentier, Camila Henríquez, Eliseo Diego, Dulce Loynaz, Rosario Ferre, Jacques Stephen Alexis, Jacques Roumain, Julia de Burgos, Jean Rhys, Édouard Glissant. 

Este Caribe del 2018 exporta transgresión, inteligencia, don de gentes, cultura, historia, poesía, prosa. Son todos jóvenes recuperando a sus mayores con piedad.

 Irreverentes y provocadores proclaman como Glaem Parls con su nombre al revés la «Sorpresa de una Morena, trópico triangular, grafitera de/ paredes ajenas, avenida intransitable sobriedad, calentadora, ruleta ciega, asaltante del tiempo. Explosión encarcelada, lomo quebrada criatura salvaje, /asesina en serie».

El poeta transgresor e irreverente que le canta a las ruinas del Santo Domingo colonial cueva de chulos, proxenetas y prostitutas. A quienes dedica su obra. Provocador se ríe de los dinosaurios enquistados en la burocracia estatal.

O puede novelar Reynold Andujar «Los gestos inútiles» de un Santo Domingo del nuevo siglo que no acaba de arrancar, que se mantiene decrepito, crepuscular y corrompido desde tanto tiempo atrás.

Evoque mi generación y esa canción «Los dinosaurios van a desaparecer» cantada por Charly García en una Buenos Aires nocturnal de los 70.

Mientras Mario Fondeur ilustra  para el libro de poemas «El archipiélago de la soledad» de Lubrini unos dibujos a lápiz que después pasa por un filtro virtual que los hace dibujos  jóvenes del nuevo siglo. 

O Amaury Rodríguez traduce a Jacques Viau desde las barricadas de ese mítico 1965, en un Santo Domingo insurrecto y es premiado en Haití por su traducción dando al traste con el dicho de que Haití y República Dominicana se dan la espalda.

La gente joven del Caribe español saca a sus viejos dinosaurios al sol.

La lava, los pasea, los redime, los declama, los traduce, los pone en las redes y los sacude al sol de este nuevo siglo que ya lleva casi 20 años de viejo.

«Veinte años no es nada» dice el viejo tango misógino y compadrón y casi como en un acto de magia Homero  Manzi,  Juan Discépolo, Ernesto Sábato, Jorge Luis Borges a quien le dolía una familia en el cuerpo,  Julio Cortázar,  Ricardo Piglia, Juan Forn se encarnan en la nuevas voces del continente americano y los mulatos caribeños los renuevan a golpes de creación.

Los dinosaurios les susurran cosas a nuestros jóvenes. Se sacuden el limo centenario, acogen a estos hijos mulatos como si volvieran de aquel exilio en Les Cayes con Bolívar, protegido por el presidente Pétion, con los Soublete, los Pián y  el Anzoátegui de Venezuela y los bravos haitianos enviados por Pétion precisamente a liberar un continente de la infamia negrera.

Es «La flor irremediablemente bella» de los jacobinos negros de Haití, de esa otra mitad que es esa ala de un mismo pájaro al decir de José Martí.

Desde las páginas de «Purgatorio» Tomas Eloy Martínez escribe: «Cuanto más me adentro en la vida de Emilia, más advierto que de principio a fin es una cadena de perdidas, desapariciones y búsquedas sin sentido. Paso años yendo detrás de la nada, de personas que ya no existían, recordando hechos que nunca habían sucedido».

(…) «¿Y acaso todos no somos eso? ¿Acaso no vivimos atropellando la historia para dejar en ella una señal de lo que fuimos, un hueco mísero, una lucecita, aun cuando sepamos que hasta la huella más honda es pájaro que se irá con el viento?»

En mis oídos sonó la música de «Los dinosaurios van a desaparece» y copié esta frase de Tomás Eloy Martínez:  «Charly García se arrojó a una pileta medio llena de agua desde un noveno piso en Mendoza, salió entero y esa noche cantó en una recital la persona que amas puede desaparecer, los que están en el aire pueden desaparecer» «y yo regresé a Buenos Aires con ánimos de quedarme para siempre pero no me quedé… y aprendí también el ser que se oculta en los pliegues de la nada».

No sé porque recordé a todos estos viejos dinosaurios del continente americano que son mis compañeros de generación y también mis ancestros. Tal vez porque con sus luces y sombras han dado a luz esta nueva generación de creadores caribeños que hacen poesía, escriben novelas, dibujan, pintan, escriben biografías de arquitectos olvidados.

Tal vez porque en ellos encarna ese bello poema de William Shakespeare que dice:

 «Cuando tumbe la guerra las estatuas

Y el desorden de los muros desarraigue,

Ni la espada de Marte ni su incendio

Destruirán tu memoria siempre viva.

Irás contra la muerte y el olvido.

Vivirás mientras alguien viva y sienta

Y esto pueda vivir y te dé vida»

Santo Domingo, domingo, 17 de junio de 2018.

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