Por Pinocho Pechocho
25 de junio de 2026
Toda semejanza con la realidad es, lamentablemente, intencional.
Había una vez un distrito donde casi 800,000 almas querían lo mismo —pagar la renta, mandar una remesa, que ICE no tocara la puerta— y, para resolverlo, dos dominicanos se enfrascaron en la pelea más dominicana posible: una sobre la bandera.
En la esquina del aparato, el incumbente, que ante cada pregunta —el alquiler, Gaza, el precio del plátano— respondía con el mismo rosario de hazañas: demandó al IRS y ganó, demandó a Trump y ganó y, por si acaso, recordaba que él va a Santo Domingo tres veces al año, no como ciertas personas. Su gran argumento de campaña, repetido como mantra, fue que «esto no es un programa de doctorado», lo cual es rigurosamente cierto: en un doctorado, al menos, te dejan terminar la oración.
En la esquina insurgente, la retadora, treinta y dos años y una tesis sobre deportación a medio escribir, que cada vez que le proyectaban un tuit de 2018 respondía «lo lamento profundamente» con la serenidad de quien ya lo ha lamentado en dos idiomas y dos cadenas. Su campaña presumía de una donación promedio de 66 dólares y de un súper PAC de varios millones que, juraba, ella no controla: el dinero, como los tuits viejos, aparece solo.
Mientras tanto, en la República Dominicana, un asesor de la campaña incumbente emprendió una investigación de meses —digna, irónicamente, de ese doctorado tan despreciado— y llegó a una conclusión escalofriante: la candidata era… dominicana. O quizá no. O a lo mejor sí. Por decirlo en voz alta, el hombre fue premiado con una «licencia sin sueldo», ese limbo adonde las campañas destierran a quienes gritan lo que ellas prefieren susurrar.
El giro telenovelesco lo puso el alcalde, que el año pasado había prometido —dicen— apoyar al incumbente, y que esta primavera, con la elegancia de un personaje que descubre que su gemelo es en realidad su padre, endosó a la retadora. El público ahogó un grito.
El clímax llegó, como manda el género, en la radio. Invitada a disculparse ante la bandera, la candidata se levantó, declaró «Soy dominicana» y abandonó el estudio el día mismo de las elecciones, dejando a los locutores con el micrófono abierto y al país con el corazón en la boca.
Pero el verdadero debate —todos lo sabemos— fue el relámpago final: merengue contra Beyoncé, arroz con habichuela contra mangú «con tres golpes», gummy bears contra abstención responsable. Ahí se decidió la patria. Lo demás —Gaza, Medicaid, los 78,000 millones que necesita NYCHA— fue relleno entre pausas de hidratación.
Al bajar el telón, con el 88% escrutado, ganó la novata por unos 2,300 votos. Cae el único dominicano del Congreso a manos de otra dominicana, en una contienda entre dominicanos, sobre quién es más dominicano. La diáspora, fiel a su carácter, no resolvió la renta ni Gaza, pero se llevó algo más valioso: tema de barbería hasta la próxima primaria.
Próximamente: la general de noviembre, donde la ganadora se enfrentará prácticamente a la nada, porque el distrito es tan azul que el suspenso, esta vez, será otra telenovela.