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Cultura y conciencia

¿Dónde está el corazón de Rayén Quitral?

Historia de vidaNelson SantanaComment

Historia de vida

Por Graciela Azcárate
25 de julio de 2018

«Dónde estás corazón, /no oigo tu palpitar, /es tan grande el dolor/que no puedo llorar. /Yo quisiera llorar /y no tengo más llanto /la quería yo tanto
y se fue para no retornar».
Tango, 1930. 

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En agosto del año 2011, al regreso de Buenos Aires escribí una  historia sobre la cantante argentina mapuche Aimé Painé. A principios del año 2012, la historia fue publicada en un blog de Temuco en Chile.

Recibí muchos mensajes y uno de los lectores escribió  que la figura de Aimé Painé le recordaba a Rayén Quitral, una soprano chilena de origen mapuche.

Fui al sitio referido y encontré una historia singular, unas páginas hechas por gente sureña, por chilenos agradecidos, memoriosos, gentiles, educados y amorosos con su pasado, con su gente, con sus artistas y con sus mujeres. 

Leer esos espacios fue un soplo de aire fresco, de esperanza, un rayo de sol, una historia de gente buena como dice José Saramago.

Disfruté de una canción que se llama «La flor del Copihue», la letra es del poeta chileno Ignacio Verdugo Cavada (1887-1970) y dice así:

« (…)  yo soy la sangre araucana /que de dolor floreció.  /Hoy el fuego y la ambición / arrasan rucas y ranchos; /cuelga la flor de sus ganchos / como flor de maldición. / Y voy con honda aflicción / a sepultar mi pesar / en la selva secular, / donde mis pumas rugieran, / donde mis indios / me esperan/ para ayudarme a llorar».

Rayén Quitral. 

Rayén Quitral. 

Se llamó María Georgina Quitral pero le decían Rayén Quitral, que significa «Flor de fuego». Fue una soprano chilena, de origen araucano reconocida mundialmente en el mundo de la ópera  por su interpretación de la ¿«Reina de la Noche»? en la ópera La flauta mágica de Mozart.

Fue amada y reconocida  porque en sus  presentaciones  aparecía con ropas y joyas  mapuches demostrando el orgullo de sus raíces indígenas.

Nació en la pequeña localidad costera de Iloca en la provincia de Curicó en el sur del país, el 7 de noviembre de 1916.  Su padre  Fidel Quitral Correa era un peón agrícola y su madre, Fidelisa Espinoza Letelier era de origen campesino. Su padre falleció siendo muy niña y su madre trabajó de empleada doméstica en una casa particular de Iloca.

Hasta los cinco años vivió en Iloca en la casa de  unas tías. Su madre  la llevó a San Javier, donde fue a  la escuela primaria y  más tarde se mudaron  a Curicó  donde completó su instrucción desde los siete hasta los quince años. Cantaba en fiestas familiares,  en la iglesia y  tomó clases de piano.

El empresario teatral al escuchar esa prodigiosa voz se hizo cargo de su educación musical y la llevó a la casa de la maestra de canto Emma Ortíz.

A los quince años tuvo un hijo, fue madre soltera y una señora alemana se hizo cargo del recién nacido y costeó su educación.

Alrededor de 1932, un dentista de Santiago, Alfredo Avaria la escuchó cantar y le propuso a la madre que se mudaran a su casa de Santiago.

El dentista que atendía a un paciente que era empresario teatral, con una estratagema  hizo que la escuchara cantar e interpretara a escondidas detrás de una puerta  el tango de Luis Martínez Serrano ¿«Dónde estás corazón»? El empresario teatral al escuchar esa prodigiosa voz se hizo cargo de su educación musical y la llevó a la casa de la maestra de canto Emma Ortíz.

Cerré los ojos y escuché a mi madre cantar ese tango del año treinta y no tuve que ir a Internet a buscar la letra  porque de un tirón me lo canté  entero mientras evocaba la vida de Rayén.

Su maestra de canto fue Emma Wachter Ortíz de Thomassen, de origen bávaro y  le dio  clases en forma particular para prepararla  y después hacerla  ingresar al Conservatorio Nacional de Música, en 1935, donde fue su profesora de canto; María Elena Blum, de piano; y el maestro Pizzi, de teoría y solfeo.

La primera presentación pública fue en el Teatro Club de Señoras, en marzo de 1937, en una presentación que realizó Emma Ortíz con sus alumnas más aventajadas.  Su debut fue en el Teatro Central, el 31 de mayo de 1937, en uno de los tradicionales conciertos de los días lunes.

El 29 de abril de 1938 se presentó en el Teatro Solís de Montevideo en un concierto, acompañada al piano por su maestra y fue anunciada  como «concierto de la soprano araucana Rayén Quitral».

Debutó como concertista en Buenos Aires, realizando cuatro conciertos en el Teatro Politeama, y grabó en esa misma ciudad sus dos primeros discos «Una Voce poco fa», de El barbero de Sevilla, con «L’angui d’inferno», de La flauta mágica y las canciones «El Copihue Rojo» y «Canción Araucana». Ese mismo año fue contratada por Radio Belgrano (LR3),  emisora en la cual permaneció durante cuatro años con un mismo auspiciador.

Regresó a Chile, en diciembre de 1938  y cantó sin micrófono en la inauguración del Estadio Nacional de Santiago  acompañada por el tenor mexicano Juan Arvizu.

Su biógrafo Juan Dzazópulos Elgueta escribe: «Aunque duela admitirlo, Chile no quiso o no supo explotar la riqueza de Rayén Quitral en su mejor época».

Dio conciertos en Uruguay, Perú, Brasil, Cuba, Estados Unidos y Canadá contratada por el empresario Sol Hurok. En Nueva York fue recibida en la casa  del célebre pianista chileno Claudio Arrau que se preocupó personalmente de pulir su interpretación y musicalidad. 

Después de entrenarla  y cuando creyó  que estaba preparada Arrau consiguió una audición en el Metropolitan Opera  House de Nueva York.

 La audición tuvo lugar  en 1944. Cantó el aria de la Reina de la Noche de La flauta mágica y la escena de la locura de Lucia di Lamermoor.

Los Archivos del Metropolitan Opera House registran lo siguiente: «Voz extraordinaria. Estaba tan nerviosa que se mostró antimusical, sin disciplina. Necesita trabajar mucho».  No fue contratada por Metropolitan Opera House y Arrau muy molesto con «su indisciplina»  le quitó la protección y el apoyo.

En 1956, el gobierno alemán le otorgó una beca para perfeccionarse en el Deutsche Akademische de Hamburgo.  Fueron tres años de estudios y penurias económicas. Compró  un piano y para poder pagarlo se dedicó a hacer  empanadas y a  leer la suerte con el tarot.  Eran tales sus limitaciones materiales que no logró  reunir el dinero para comprar el pasaje  de regreso  a Chile. Obtuvo el primer premio en el Conservatorio de Bonn, como la mejor intérprete de Wagner y Lieder y en marzo de 1960 vuelve a Chile, convertida en una soprano dramática. 

«Sin embargo, su voz ya no era la de antes».

La biografía escrita  por Juan Dzazópulos Elgueta es un extraordinario trabajo de historiador musical y en el trasfondo de ese minucioso peregrinar por las giras, los discos, los profesores y mentores, las voces y las becas se dibuja la vida de una humilde mujer chilena, discriminada por su etnia, por su pobreza, por no tener familia de abolengo, por haber sido maltratada y abusada amorosa y sentimentalmente por el que fue su segundo marido.

«En su vida privada Rayén Quitral no tuvo suerte. (…)En Buenos Aires, alrededor de 1938, 1939  se enamoró y se casó con el administrador teatral argentino Salvador Saldías.  Juntos viajaron a Estados Unidos y México. Y fue en este último país en que Saldías la abandonó, llevándose todo el dinero que Rayén había logrado reunir por sus presentaciones. El divorcio tuvo lugar en 1947. Según el investigador peruano Alejandro Yori, a partir de ese momento se dedicó a una vida disipada sin control alguno».

En Méjico, el argentino la abandonó y le robó todo el dinero que ganó con su don y su canto. «…yo soy la sangre araucana que de dolor floreció».

Se dice fácil. ¿Cómo iba a cantar con brío, serenidad y disciplina en  el Metropolitan Opera House una india mapuche chilena, bastarda, madre soltera, sin abolengo ni familia que la sostuviera, robada y abandonada por  un depredador  argentino?

A Violeta Parra como a Rayén Quitral las mató una sociedad elitista, conservadora, intolerante  y racista.

Por un momento evoqué a Violeta Parra,  la del tiro en la  boca aquel 5 de febrero de 1967, un día después de cantarle a su hermano Nicanor «Un domingo en el cielo». Alguien dice  en la página interactiva que se murió de amor.  No. A Violeta Parra como a Rayén Quitral las mató una sociedad elitista, conservadora, intolerante  y racista.

Violeta Parra. 

Violeta Parra. 

Su biógrafo va contando el lento desuelle de una vida  y  las estaciones del dolor de una mujer discriminada y segregada.  A su regreso de  Alemania, tiene que pagar diez mil pesos a un diario para que publique la noticia.  Enferma de gravedad en Santiago, los artistas chilenos deben hacer un festival para costear las operaciones y medicamentos.

El gobierno chileno le otorgó una pensión vitalicia para que pudiera vivir, si no con holgura, al menos con dignidad.

Dicen que sus desilusiones artísticas y familiares, la soledad en que vivió y  las dificultades económicas que enfrentó la llevaron poco a poco a un derrumbe físico prematuro.  Padecía una aguda afección hepática, con hemorragia digestiva que no quiso curarse a tiempo.  Se internó de urgencia en el Hospital San Juan de Dios, el día 4 de octubre y el sábado 20 de octubre de 1979,  al mediodía  Rayén Quitral, «La flor de fuego» se murió de pena a los sesenta  y tres años.

¿Dónde está el corazón de Rayén Quitral?...  se preguntan sus descendientes, los melómanos que la escuchan con arrobo y orgullo y los chilenos honrados de tener esa «flor de fuego” en las entrañas de un país. Su corazón debe  estar por las sendas lluviosas del sur chileno que la vio nacer, por donde va «con honda aflicción,  a sepultar su pesar, donde los pumas rugieran, donde sus indios la esperan para ayudarla a llorar».

Santo Domingo, viernes, 20 de julio de 2018. 

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